Watford y su complicado inicio de temporada
En Watford, el verano ha dejado una resaca difícil de esconder. Durante el primer mes de competición, la plantilla ha parecido una manta corta: tiras de un lado y se destapa el otro.
Hasta el día antes del cierre del mercado, había más salidas que llegadas. El dato que encendió todas las alarmas: solo dos centrales reconocidos para todo agosto. Dos. En un Championship que no perdona el más mínimo descuido.
El club reaccionó tras el cierre de la ventana, pero el daño ya estaba hecho. Desde la directiva defienden la estrategia: esperaban objetivos mejores, más jóvenes, y no querían firmar por firmar. Con el mercado ya cerrado, si todos estuvieran sanos, el grupo se podría considerar competitivo, salvo por una zona que sigue cojeando: el centro del campo.
No todo ha sido desacierto. Hubo movimientos tempranos y algunos han sido un acierto rotundo. Iker Bravo ha irrumpido como una auténtica sensación. Federico Ravaglia mejora claramente lo que había bajo palos. Jordan Zemura y Omar Traore ofrecen garantías en los laterales. Soumaila Coulibaly y Branimir Mlacic también han dejado buenas sensaciones.
El problema está en lo que ha tenido que hacer Alessio Dionisi con ese material. El técnico se ha visto obligado a repetir once una y otra vez. En semanas con dos partidos, la factura física ha llegado rápido: lesiones, fatiga, piernas pesadas. El bajón en el rendimiento se ha notado en agosto y se arrastra en septiembre.
Para complicarlo todo, los fichajes tardíos han aterrizado lejos de su mejor condición. Ni ritmo competitivo ni chispa. Aun así, varios han tenido que entrar en convocatorias mermadas, casi por necesidad.
La imagen en los banquillos lo dice todo. En los dos últimos encuentros, Watford ni siquiera ha completado el cupo de ocho suplentes. Y en los últimos cinco partidos, Dionisi ha tenido que incluir dos porteros en el banquillo. Una anomalía en este nivel. No extraña que el italiano repita una y otra vez, antes y después de los partidos: “no es fácil”.
Para él, el parón internacional es casi un salvavidas. Y hay ironía en eso, con el historial reciente de destituciones en Vicarage Road precisamente alrededor de estas ventanas de selecciones. Pero ahora el respiro es imprescindible.
Tras el duelo ante Bristol City del viernes, los Hornets dispondrán de tres semanas para respirar, recuperar efectivos, reorganizar ideas y preparar el siguiente tramo del curso. Tres semanas que pueden valer media temporada.
Cuando vuelva la competición, lo más probable es que Watford ya esté obligado a remontar. Se entiende la prudencia del consejo en agosto, esa resistencia a gastar pronto para esperar oportunidades mejores más adelante. Pero la apuesta se ha girado en su contra.
La sensación es clara: el equipo acabará teniendo una plantilla competitiva. La cuestión es cuándo. Si el escenario ideal no llega hasta finales de octubre, el margen de error se encoge. Y si el objetivo real es pelear por el ascenso, ¿cuánta montaña más pueden añadirse ellos mismos antes de empezar a escalar?
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