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El renacer de Holger Rune: señales de esperanza tras su larga ausencia

Holger Rune apenas ha disputado tres torneos de nivel ATP Tour desde que volvió de su grave lesión. Y, sin embargo, ya hay motivos de sobra para mirar su futuro con optimismo.

Su reaparición real comenzó lejos de los focos habituales del circuito, en la Copa Davis. Después, el regreso oficial al Tour llegó en Japón… y fue duro. Derrota clara ante Kyrian Jacquet, sin demasiadas excusas posibles. El ritmo de competición no se improvisa, y menos tras un parón tan largo.

El siguiente paso fue Shanghái. Otra vez adiós en primera ronda. Esta vez, sin embargo, algo cambió. Rune, que incluso llegó a disculparse públicamente por su pobre nivel en su primera aparición, mostró brotes de mejora: más intensidad, más piernas, más intención en los golpes. Todavía lejos del jugador que deslumbró antes de la lesión, pero ya con señales reconocibles.

Y entonces apareció Basilea.

Basilea, el primer punto de inflexión

En Suiza, esas chispas aisladas se convirtieron por fin en algo tangible. Resultados, partidos largos, victorias de peso. Una razón real para creer que el danés está volviendo a ser el que era.

Su primer triunfo desde el calvario llegó en la primera ronda, ante Quentin Halys. Un partido que se fue al límite, decidido en un desempate del tercer set. Más que una simple victoria: fue una prueba de resistencia física y mental. Rune aguantó, sufrió y terminó imponiéndose cuando el cuerpo, hace solo unos meses, no habría respondido.

Lejos de quedarse ahí, dio un paso más. En la siguiente ronda se cargó a Hubert Hurkacz, uno de los jugadores más en forma del circuito, otra vez en un tercer set resuelto en el tie-break. Ahí se vio lo esencial: su trabajo de recuperación física no ha sido cosmético. Hay base. Hay piernas. Y, sobre todo, sigue ahí esa calidad que no desaparece por una lesión, por muy larga que sea.

La derrota posterior, en tres sets, ante Valentin Vacherot no cambia el tono general. Fue una batalla, no una caída en picado. El tipo de partido que indica que un jugador ya compite de verdad, aunque todavía no esté en su techo.

Si el danés dispone ahora de una pretemporada completa, sin recaídas, el horizonte es evidente: llegar a Australia listo no solo para participar, sino para pelear por títulos otra vez.

Casi un año fuera: la dimensión real del calvario

Para entender el impacto de este regreso, hay que mirar el calendario. No es una simple “ausencia larga”. Es casi un año arrancado de la carrera de un jugador de 23 años.

Rune se lesionó en las semifinales del Stockholm Open, cuando mandaba por un set ante Ugo Humbert. Todo parecía encaminado a una semana grande, hasta que llegó el golpe definitivo: una lesión de Aquiles tan seria como cruel. Ocurrió el 18 de octubre de 2025. Desde ese día, comenzó una cuenta atrás interminable.

Se ha hablado mucho del dolor y la frustración por los cinco meses de baja de Carlos Alcaraz. También del final anticipado de la temporada de Jannik Sinner. Pero, en términos de duración e impacto, lo de Rune ha sido aún más devastador.

Su primer partido oficial en el circuito ATP tras aquel 18 de octubre no llegó hasta el 1 de octubre de este año. Entre una fecha y otra: 348 días. Once meses y trece días sin disputar un solo encuentro de nivel Tour.

Y todavía tuvo que esperar más para saborear una victoria. No fue hasta Basilea, contra Quentin Halys, cuando rompió una sequía de 373 días sin ganar un partido en el Tour. Más de un año sin sentir la sensación más básica para un competidor de élite: cerrar el puño tras la última bola y saber que el esfuerzo ha valido la pena.

Ahora, con ese muro ya derribado, la pregunta deja de ser si Holger Rune volverá a su mejor versión. La verdadera cuestión es hasta dónde puede llegar un jugador que, tras casi un año en la oscuridad, ha demostrado que ni el cuerpo ni la cabeza están dispuestos a rendirse.