Dembélé brilla con hat-trick histórico y Francia lidera el grupo
La noche estaba preparada para el duelo de gigantes. Erling Haaland contra Kylian Mbappé, escaparate perfecto del 2026 World Cup. Pero el partido ni había empezado y ya se había derrumbado el cartel: Stale Solbakken mandó a Haaland al banquillo y desmontó el guion con diez cambios de golpe.
En ese vacío de estrellas irrumpió Ousmane Dembélé. Y lo hizo a lo grande.
Treinta y dos minutos le bastaron al extremo para firmar un hat-trick deslumbrante, el segundo más rápido desde el inicio de un partido en la historia de los Mundiales masculinos. Solo Erich Probst, en 1954 con Austria, lo hizo antes. Y nadie marcaba tres goles en la primera parte de un encuentro mundialista desde Oleg Salenko en 1994.
Francia, dirigida en Boston por Guy Stephan ante la ausencia de Didier Deschamps —que regresó a casa tras la muerte de su madre—, no tardó en marcar territorio. El dominio inicial fue total, casi asfixiante. En el minuto 7, la presión alta dio fruto: robo en campo noruego, Mbappé abre a la derecha y Dembélé recibe con metros por delante. Encara, fija al defensa y suelta un latigazo seco que supera a Egil Selvik. Primer aviso.
Noruega, con un once casi experimental, apenas encontraba aire. Francia olía sangre.
El segundo llegó en el 20, a toda velocidad. Contra fulminante, Dembélé arranca desde la derecha, rompe hacia dentro con esa zurda que parece dibujar, no golpear, y coloca un disparo con rosca al palo largo. Estética y eficacia en la misma jugada. 2-0 y sensación de que la noche podía convertirse en una exhibición.
Pero el fútbol nunca avanza en línea recta. Desde el saque de centro, Noruega se lanzó sin complejos. La zaga francesa se quedó clavada, demasiado contemplativa, y Thelo Aasgaard apareció para empalmar un balón cruzado que pilló a contrapié a Mike Maignan. Solo 79 segundos después del segundo gol francés, el partido se abría de nuevo.
El golpe no desordenó a Francia. Lo encendió.
Dembélé, lejos de conformarse con el doblete, olió que el partido podía marcar un antes y un después en su torneo. Volvió a recibir en la derecha, volvió a recortar hacia su zurda, y esta vez el miedo se notó: cuatro defensores noruegos se agruparon a su alrededor sin atreverse a saltar. Ese segundo de duda fue mortal. Otro disparo curvado, otra vez Selvik vencido. Tercer gol, hat-trick en 32 minutos, y el estadio rendido.
Detrás de esa jugada hay algo más que talento individual. La acción se construyó con 17 pases, todos los jugadores de campo tocando el balón. Es el mayor número de pases registrado en la preparación de un gol de Francia en un Mundial. Una obra coral culminada por el hombre de la noche.
Stephan, al mando en la banda, apuntó después a un combustible invisible: las críticas. “Ousmane es un ser humano, como todos oye las críticas”, recordó. “Ha tenido problemas de lesiones, pero cada vez vuelve más fuerte. Tres goles en un partido de World Cup es excepcional”.
El contexto da la medida de la actuación. Era la primera vez que Dembélé marcaba más de un gol con la camiseta de Francia. Y lo hizo en el escenario más grande, en un equipo donde, hasta ahora, había asumido un papel secundario a la sombra de su excompañero en Paris St-Germain, Mbappé. En Boston, el foco cambió de dueño.
Curiosamente, Mbappé amenazó con adueñarse de los titulares desde el primer suspiro. A los 21 segundos estrelló un disparo en el larguero, con la pelota botando en la línea antes de salir. Parecía el preludio de otra noche suya. No lo fue. Terminó el primer tiempo como el jugador de campo francés con menos toques. La escena recordaba por momentos a aquel cuarto de final de 2022 ante Inglaterra: Mbappé contenido, Antoine Griezmann como cerebro, y esta vez Dembélé como ejecutor.
Tras el descanso, el partido bajó de revoluciones. Con el 3-1 y el liderato del grupo encarrilado, Francia levantó ligeramente el pie. Noruega, que necesitaba ganar para arrebatar la primera plaza, no encontró ni colmillo ni jerarquía en su once alternativo. El mensaje de Solbakken era claro: el segundo puesto valía, y el descanso de Haaland pesaba más que el riesgo.
Aun así, el encuentro dejó una escena clave para Francia en su propio área. Jorgen Strand Larsen dispuso de un penalti al inicio de la segunda parte, ocasión de oro para devolver la incertidumbre. Maignan adivinó la intención y detuvo el lanzamiento. Se convirtió en el primer portero francés en atajar un penalti en juego en un Mundial desde Joel Bats en 1986. Otro dato que alimenta la sensación de solidez de este equipo.
Con el resultado controlado, Stephan decidió proteger a su protagonista. Dembélé se marchó ovacionado en el minuto 65, después de haber manejado el partido como un maestro de ceremonias. El ritmo se diluyó, el encuentro pareció dirigirse sin sobresaltos hacia el final, pero aún quedaba una última pincelada.
En el minuto 94, Desire Doue, compañero de Dembélé en Paris St-Germain, se elevó en el área y conectó un cabezazo bombeado que superó a Selvik. 4-1, broche tardío y simbólico: otro joven talento francés que se suma a la fiesta en un torneo que empieza a teñirse de azul.
Con este triunfo, Francia encadena tres victorias en la fase de grupos de un Mundial por primera vez desde 1998, año en el que jugó en casa y levantó el trofeo. El paralelismo es inevitable, pero Stephan se encargó de pisar el freno: “Este equipo es totalmente diferente al de 2022. Más de la mitad de la plantilla nunca había jugado un Mundial. Solo podemos ver cómo evoluciona el torneo, subir el nivel contra rivales fuertes y encontrar el equilibrio entre ataque y defensa. Para eso hay que esperar.”
Al otro lado, Noruega abandona la fase de grupos con una sensación ambigua. Clasificada, sí, pero habiendo renunciado a pelear de verdad por el liderato en el último partido. Haaland, con cuatro goles como Mbappé, llegará fresco a los cruces. Sus aficionados exigirán que ese descanso se traduzca en colmillo cuando la eliminación directa entre en escena.
Francia, mientras tanto, avanza con un nuevo protagonista en el escaparate. En un Mundial que parecía escrito para la pugna Mbappé–Haaland, la noche en Boston lanzó una pregunta distinta: ¿y si el torneo que debía coronar a los grandes goleadores acaba perteneciendo, por fin, a Ousmane Dembélé?
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