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Suiza–Canadá: un partido crucial en el World Cup

En el papel, el Suiza–Canadá es un trámite. Los dos ya están en los octavos del World Cup, clasificados sin necesidad de sacar la calculadora. Ni siquiera un imposible 32-0 cambiaría eso. Pero basta mirar un poco más allá de la tabla para entender que esta noche en Vancouver se juegan algo más que un partido de relleno.

El liderato del Grupo B ofrece premio doble: autoestima y camino, siempre delicado, hacia la fase de eliminación directa. Y, para Canadá, un botín extra: quedarse en casa.

El ganador del grupo seguirá en Vancouver para medirse a uno de los mejores terceros, con la posibilidad de disputar también allí los octavos. El segundo se sube al avión rumbo a Los Ángeles, donde le espera el segundo del Grupo A. A día de hoy, Corea del Sur asoma como rival más probable. No es lo mismo seguir en tu estadio, con tu gente, que cruzar la frontera hacia un escenario desconocido.

Dos goleadas, dos impulsos

Suiza y Canadá arrancaron el torneo con un empate discreto. Nada de grandes titulares, más bien una presentación de servicio. La historia cambió en la segunda jornada.

Suiza despertó tarde, pero a lo grande, para firmar un 4-1 contra Bosnia and Herzegovina. El último cuarto de partido fue una avalancha. Desde el banquillo irrumpieron Johan Manzambi y Ruben Vargas para destrozar el encuentro. Los dos marcaron; Manzambi, en particular, dejó huella.

El joven delantero, de 20 años, entró con el partido aún abierto y lo cambió en cuestión de minutos. Un primer gol, una volea bien ejecutada, bastó para convertirlo en el centro de todas las miradas. Su potencia, su zancada, la forma en que atacó el espacio libre tras la expulsión de Muharemovic recordaron a otra irrupción juvenil que marcó época: la de Michael Owen ante Argentina en Saint-Étienne. Manzambi, formado en Servette y ahora en el Freiburg, viene de firmar una temporada con 16 goles y asistencias combinados en la Bundesliga. Sus compañeros ya lo respetan. Pronto quizá tenga otros.

Canadá, por su parte, firmó una tarde que ya es parte de la memoria colectiva del país. El 6-0 a Qatar fue mucho más que una goleada: fue un desahogo, una declaración de intenciones y, al mismo tiempo, una jornada marcada por el dolor.

El equipo de Jesse Marsch no solo logró su primera victoria en un World Cup masculino; lo hizo con el mayor triunfo de la historia de una selección de Concacaf en el torneo y el margen más amplio jamás logrado por un anfitrión. Jonathan David se llevó el balón con un hat-trick, y las imágenes del técnico estadounidense celebrando, señalando con seis dedos hacia la grada, corrieron como la pólvora en redes sociales.

Pero mientras las cifras caían como confeti en el aire de Vancouver, el ambiente se congeló con la lesión de Ismaël Koné. Una fractura que le saca del torneo y deja una cicatriz emocional en el vestuario canadiense. Marsch lo resumió como un “momento en el tiempo” que el país no olvidará: una tarde que demuestra que en Canadá hay talento, carácter y deseo, incluso en una tierra que se define antes por el hockey que por el fútbol.

Inglaterra vuelve a ser Inglaterra

A miles de kilómetros de Vancouver, otra historia se cocina con un aroma mucho más familiar. Inglaterra venía de ser encumbrada como candidata al título tras triturar a Croacia en una segunda parte desatada en Texas. Luka Modric, 78, se convirtió en símbolo de una generación a la que, según algunos, Thomas Tuchel había pasado por encima con una exhibición.

La realidad se encargó de poner los pies en el suelo. El 0-0 contra Ghana devolvió a Inglaterra a su zona de confort: el tedio, la frustración, el runrún. El partido más gris del llamado “Geopolitics World Cup” devolvió al país a un paisaje conocido: la selección jugando “como un desagüe”, las ilusiones desinflándose, la sensación de déjà vu.

Hay algo casi reconfortante en ese regreso a lo de siempre. Tazas de té en el jardín, sándwiches de pepino resecos, áreas de servicio carísimas, quejas por el clima, primeros ministros dimitiendo en cadena. Y, en medio de todo, una Inglaterra que decepciona justo cuando parecía despegar. “Inglaterra, nuestra Inglaterra, bienvenida a casa”, podría ser el lema de una afición que ya conoce demasiado bien este guion.

Mientras tanto, el entorno se agita: se habla de preocupación, pero se subraya que la estrategia de Tuchel es a largo plazo; Harry Kane ya mira a Panamá; y el técnico insiste en no cargar de presión a Bukayo Saka. El ruido habitual. El viejo circo en marcha.

Un once de hidratación y un país que despierta

En paralelo al balón, el torneo alimenta otro tipo de creatividad. La pausa de hidratación, convertida en ritual del fútbol moderno, ya tiene su propio once de fantasía. Desde “Guillermo H2 Ochoa” bajo palos hasta “Son Heung-Midity” en ataque, pasando por “Damp Burn” o “Erictrolyte García”, el juego de palabras circula como guiño cómplice entre aficionados. Humor ligero en medio de un campeonato cargado de tensión política y deportiva.

En Canadá, sin embargo, el tono es otro. El 6-0 ha despertado algo profundo. Marsch habla de un día que 40 millones de personas dirán haber vivido. Una jornada que, en su relato, ayuda a fijar una identidad para el fútbol canadiense: que el país no solo puede organizar un World Cup, también puede competir, golear y dejar marca.

La tabla dice que Canadá llega a esta tercera jornada con mejor diferencia de goles, así que el empate le basta para quedarse en Vancouver. El ranking de la FIFA, en cambio, coloca a Suiza por encima: 17ª frente al 29º puesto canadiense. Un recordatorio de que la experiencia y el oficio siguen del lado europeo.

Las cartas sobre la mesa

Las alineaciones refuerzan esa sensación de partido serio pese al contexto. Suiza apunta a un 4-3-1-2 con Kobel; Jaquez, Elvedi, Akanji, Rodriguez; Sow, Xhaka, Freuler; Manzambi; Vargas y Embolo. Mucho peso en la sala de máquinas, mucha jerarquía atrás y un tridente ofensivo que mezcla físico, desmarque y oportunismo.

Canadá responde con un 4-4-2 clásico: Crepeau; Johnston, De Fougerolles, Cornelius, Laryea; Buchanan, Choiniere, Saliba, Ali Ahmed; Larin y Jonathan David. Alphonso Davies, de momento, espera su oportunidad en el banquillo. Marsch refresca el centro del campo con Mathieu Choiniere y Nathan Saliba en lugar de Stephen Eustaquio e Ismael Koné, obligado a decir adiós al torneo.

El árbitro será el brasileño Ramon Abatti. El escenario, el mismo Vancouver que ya vio caer seis goles qataríes. Las gradas, de nuevo, teñidas de rojo.

No hay drama en la clasificación, no hay miedo al abismo. Pero hay orgullo, hay territorio, hay futuro. Suiza quiere confirmar que su arranque lento fue solo un calentamiento. Canadá quiere demostrar que el 6-0 no fue una excepción, sino el principio de algo más grande.

En un World Cup que mezcla geopolítica, tradición y nuevos actores, quizá la pregunta no sea quién evita a quién en octavos, sino qué equipo aprovecha esta “simple” última jornada para anunciar que ha llegado para quedarse.