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West Ham enfrenta una nueva temporada en el Championship

Diez veranos en el London Stadium. Y, para West Ham, demasiados inviernos de descontento. Ahora, el club arranca una temporada nueva en un escenario muy viejo: la primera ronda de la Carabao Cup ante Portsmouth, un recordatorio brutal de su caída. El eco del descenso desde la Premier League aún retumba en Stratford.

El verano ha sido tan gris como el final de curso. Nada de catarsis, nada de reconstrucción ordenada. Más bien un choque de crisis: deportiva, institucional y moral. Mientras algunos clubes han usado el Championship como trampolín —el propio West Ham en 2011-12, cuando Sam Allardyce los devolvió a la élite a la primera—, la pregunta es si esta vez el club está en condiciones de repetir la jugada. Las casas de apuestas los señalan como favoritos al ascenso. El ambiente interno cuenta otra historia.

Un palco en guerra

La batalla principal no está en el césped, sino en el palco. El nombre de David Sullivan domina cualquier conversación. Antiguo copresidente, aún copropietario con un 38,8% del club, se ha convertido en el epicentro del malestar.

Portsmouth llevará 9.000 aficionados al London Stadium. La gran incógnita es si Sullivan se atreverá a aparecer. Los operadores del estadio han recomendado que no lo haga por el “potencial de manifestaciones y comportamiento antisocial de algunos espectadores”. El propio consejo asesor de aficionados advirtió que su presencia causaría “ofensa y malestar”.

Se espera, sin embargo, que Sullivan acuda. Una decisión desafiante, casi provocadora, teniendo en cuenta el clima. El 25 de mayo, el día en que el descenso se confirmó pese a la victoria ante Leeds, tuvo que abandonar el estadio antes del final por motivos de seguridad. El mensaje de la grada fue inequívoco.

Sullivan niega las acusaciones de conducta sexualmente explotadora y depredadora hacia mujeres, reveladas por un documental de Panorama a comienzos de junio. Renunció a su cargo en la víspera de la emisión, asegurando que lo hacía para “evitar distracciones al club mientras aborda el asunto en privado”. Pero su figura ya era tóxica mucho antes de que el programa saliera al aire, señalado por una gestión que ha llevado al club a un declive vertiginoso desde la conquista de la Europa Conference League en mayo de 2023.

El verano en que se marchó Declan Rice, los 100 millones de libras ingresados se esfumaron sin dejar estructura ni legado. El otro héroe de Praga, Jarrod Bowen, ha optado por quedarse y asumir la capitanía. Sobre sus hombros recae la misión de liderar el regreso a la Premier.

Hasta su caída en desgracia, Sullivan actuaba de facto como director deportivo, para desesperación de técnicos y ejecutivos. Su gran aliada, Karren Brady, dimitió en abril, rompiendo una sociedad profesional que se remontaba a 1990. El vacío de poder es tan evidente como peligroso.

Accionistas inquietos, futuros difusos

En las gradas, el compromiso sigue siendo masivo: 50.000 abonos vendidos para la campaña en el Championship. En los cánticos, el mensaje es otro: la mayoría quiere ver a Sullivan lejos del club, no solo fuera del cargo. Su salida del día a día generó un leve optimismo. Duró poco.

Los posibles nuevos dueños merodean, pero el tablero es complejo. La figura más obvia, Daniel Kretinsky, multimillonario checo y propietario de Royal Mail, parecía llamado a dar el siguiente paso. Posee el 27% de West Ham desde 2021. Esta semana, sin embargo, redujo su participación a justo por debajo del 25%. Un movimiento calculado.

En paralelo, una cara muy conocida en la Premier reapareció en escena: Amanda Staveley. Salió de Newcastle en julio de 2024, tras ser clave en la llegada del Public Investment Fund saudí. No ha tardado en buscar su siguiente proyecto. Ya fue vinculada a un intento de compra de Tottenham el pasado septiembre; ahora su mirada apunta a East London, con la idea de recurrir a una fuente de financiación similar.

En Tyneside, muchos añoran su empuje. En el este de la capital, una parte de la afición de West Ham sueña con que pueda encender la misma chispa transformadora.

La pieza central de este puzzle es el 25% que pertenecía al fallecido David Gold, antiguo copresidente y socio de Sullivan. Ese paquete está en manos de Vanessa Gold, hija del empresario y actual copresidenta. Kretinsky tenía derecho de tanteo sobre esas acciones y parecía dispuesto a ejercerlo. Sumadas a su 27%, le habrían otorgado más del 50,1%, obligándole a lanzar una oferta formal por el control total del club.

La jugada fue otra. Kretinsky transfirió un 2% a su compatriota y aliado empresarial Jakub Havrlant, quedándose por debajo del umbral que le forzaría a un takeover completo. Así puede maniobrar con más margen, sin comprometerse a una adquisición total inmediata. Si compra el paquete de Gold, bloquearía de facto la entrada de Staveley. Pero el peso definitivo sigue en manos de Sullivan. El próximo movimiento de Staveley se observa con lupa.

Plantilla desguazada, mercado en punto muerto

Mientras el palco se agita, el equipo intenta armarse. Por ahora, con poco éxito. El primer fichaje del verano ha sido un agente libre: Joël Veltman, exdefensa de Brighton y Ajax. Experiencia, oficio, pero también una señal clara de las limitaciones actuales.

Las grandes operaciones han ido en sentido contrario. Mateus Fernandes se marchó a Tottenham y Crysencio Summerville a Al-Hilal. Entre ambos, 140 millones de libras, una cifra similar a una temporada de derechos televisivos de la Premier League. Un alivio contable, un golpe deportivo.

La venta del canterano Freddie Potts a Club Brugge por 10 millones de libras dolió especialmente a un sector de la grada. El mensaje es crudo: hay que vender para poder comprar. Y el Championship no es precisamente un imán para grandes nombres.

Uno de los objetivos es Troy Parrott, héroe de la repesca mundialista con Irlanda y delantero de AZ Alkmaar. El perfil encaja, la operación no será sencilla. Convencer a futbolistas en plena proyección para bajar un escalón competitivo exige un proyecto sólido. Hoy, West Ham no puede garantizarlo.

Nuno resiste en la tormenta

En el banquillo, contra pronóstico, sigue Nuno Espírito Santo. Muchos daban por hecha su salida tras el descenso. Se quedó. Y su serenidad casi monástica será necesaria en un club donde el pánico se instala con facilidad.

El vacío creado por la situación de Sullivan, el golpe anímico del descenso y la falta de movimientos potentes en el mercado han disparado la ansiedad. El calendario tampoco ayuda. Antes del 1 de septiembre, West Ham se medirá a Burnley, Charlton, Watford y Wolves en liga. Partidos pesados, sin glamour, pero que marcarán el tono del curso.

En los despachos, el regreso de Karim Virani como director ejecutivo interino intenta aportar algo de orden. Viejo conocido del club, se marchó en 2020 y llega tras su etapa en Glasgow Rangers. Su misión es tan simple de definir como compleja de ejecutar: recomponer una estructura fragmentada y dar a West Ham una mínima sensación de unidad.

Un estadio que nunca fue hogar

Mientras el club se recompone a trompicones, el London Stadium sigue recordando a todos que nunca fue realmente casa. Este verano ha acogido conciertos de Take That y Metallica, además de una reunión de la Diamond League en julio en la que Josh Kerr batió el récord mundial de la milla.

Esta semana se confirmó una candidatura para albergar el Mundial de Atletismo de 2029, tras meses de tensión entre el club y los dueños del recinto. Otro recordatorio de que West Ham es inquilino, no propietario, diez años después de abandonar el Boleyn Ground. Una herida que muchos aficionados no han cerrado, y que se asocia directamente a las decisiones de Sullivan, Gold padre y Brady.

En ese escenario frío, utilitario, Sullivan difícilmente encontrará un recibimiento cálido. El club se asoma a una temporada en la que debe pelear por volver a la élite mientras decide quién manda, quién paga y quién se va. El ascenso se juega en el césped. El futuro de West Ham, en los despachos. Y ninguna de las dos batallas admite otro descenso.