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El Tottenham Women: Un Futuro Brillante en la WSL

La temporada en la que el Tottenham se sostuvo en la Premier League a base de suspiros y calculadora encontró un contrapunto inesperado al otro lado del club. Mientras el equipo masculino coqueteaba obscenamente con el descenso, el Tottenham Women ofrecía algo radicalmente distinto: fútbol valiente, organizado y, sobre todo, disfrutable. Allí donde los hombres transmitían angustia, las mujeres devolvían ilusión.

Un equipo que se atrevió a jugar

Los números lo cuentan sin adornos: mejor registro de puntos del club en la Women’s Super League, quinto puesto tras el cuarteto hegemónico formado por Manchester City, Arsenal, Chelsea y Manchester United. Pero las cifras solo son la puerta de entrada.

El verdadero impacto estuvo en las noches que se quedan en la memoria. Ese 7-2 ante Aston Villa, un festival ofensivo que retrató a un equipo sin miedo a exponerse. La tanda de penaltis de la FA Cup ante London City Lionesses, casi surrealista: los primeros 17 lanzamientos convertidos antes de que alguien fallara y el corazón pudiera volver a latir con normalidad. Y los goles imposibles, como el disparo de unos 40 metros de Cathinka Tandberg, de esos que hacen que medio estadio tarde un segundo en entender qué acaba de pasar.

Mientras tanto, en el otro lado del club, los mensajes en los grupos de WhatsApp de abonados del Tottenham masculino se llenaban de pánico: pases estériles alrededor del área, un mercado de fichajes que no tapaba agujeros y el fantasma de recibir a Lincoln en el Tottenham Hotspur Stadium planeando sobre cada conversación. La “crisis” era la palabra más repetida. La evasión, curiosamente, estaba a pocos kilómetros, en Leyton.

La mano de Martin Ho

El punto de giro tiene nombre propio: Martin Ho. El técnico llegó el año pasado tras su paso como asistente en Manchester United y como entrenador principal en Brann. No aterrizó con grandes discursos públicos ni eslóganes vacíos, pero sí con algo mucho más valioso: un plan.

Ho se ha ganado al vestuario y a la grada con gestos sencillos y una idea de juego reconocible. A veces se deja ver por el “Legends Lounge” de Leyton Orient, donde el Tottenham Women disputa la mayoría de sus partidos como local, charlando con aficionados antes del encuentro. Ese detalle resume bien su estilo: cercano, pero con las ideas claras.

En el campo, su Tottenham juega con intención. Equipo compacto, agresivo con balón, líneas conectadas y roles definidos. Las futbolistas parecen saber exactamente dónde deben estar y, sobre todo, cómo ayudar a la compañera más próxima. El contraste con la temporada 2024-25, cuando el equipo se salvó solo por un puesto del descenso y acabó con la salida de Robert Vilahamn, es brutal. De ganar apenas lo justo a encadenar cinco victorias en los primeros seis partidos del último curso.

No se sabe qué dijo Ho en el vestuario para recuperar el nivel de las jugadoras ya presentes, pero el resultado se vio en el césped: un equipo que atacaba, defendía y corría con convicción. Eveliina Summanen, Amanda Nildén, Lize Kop, Drew Spence o Clare Hunt ofrecieron un rendimiento sostenido que sostuvo al bloque en los momentos de mayor exigencia.

Fichajes que cambian el pulso

El salto competitivo no se explica sin los refuerzos. Olivia Holdt se convirtió en la máxima goleadora del equipo desde el centro del campo, con llegadas constantes y determinación en el área. En la zaga, Toko Koga se consolidó como referencia en el eje defensivo, una presencia fiable que dio estructura a la línea de atrás.

En enero, la plantilla sumó a Signe Gaupset, una centrocampista que rompe líneas conduciendo, capaz de girar un partido con un par de arrancadas. No fue un simple retoque: cambió el ritmo del equipo en la medular.

El mensaje del club se hizo aún más nítido en cuanto terminó la temporada. En cuestión de días, el Tottenham cerró la llegada de Caitlin Dijkstra, internacional neerlandesa procedente de Wolfsburg, para reforzar la defensa. Arriba, Shekiera Martinez, que ya había demostrado su capacidad como delantera eficaz en un West Ham discreto, aterrizó para dar más filo en el área. A ellas se sumaron nombres con peso como Kirsty Hanson desde Aston Villa y Alice Sombath desde OL Lyonnais. No son apuestas a ciegas: son jugadoras contrastadas para un proyecto que quiere dejar de mirar hacia abajo en la tabla.

El objetivo ya no es sobrevivir. Con la base actual y los nuevos fichajes, romper el bloque de las cuatro grandes de la WSL ha dejado de ser una fantasía. El quinto puesto ha abierto una puerta que el club parece decidido a atravesar en uno o dos años.

Despedidas que duelen

No todo ha sido celebración. El adiós a Bethany England y Ashleigh Neville ha dejado un poso de melancolía en la grada. El caso de Neville, que se marcha a Leicester para estar más cerca de casa, se entiende desde lo personal. El de England, máxima goleadora histórica del club, cuesta más de asimilar. Que no se le ofreciera al menos un año más de contrato ha desconcertado a muchos.

El equipo que se presente al inicio del próximo curso será muy distinto al que algunos aficionados empezaron a seguir hace apenas tres años. Sin embargo, hay algo que no se ha movido un milímetro: la comunidad que se ha formado alrededor de este Tottenham Women.

Grada, identidad y otro tipo de fútbol

Los abonados habituales del equipo femenino no solo llenan asientos. Aportan memoria, contexto y una forma distinta de vivir el club. Muchos llevan años apoyando tanto al equipo masculino como al femenino, escribiendo blogs, grabando pódcasts y recorriendo campos hostiles como el de West Ham bajo la lluvia y el viento. Algunos estaban ya cuando el equipo competía como Broxbourne Ladies, escalando categorías lejos de los focos.

El ambiente en los partidos del Tottenham Women refleja esa historia compartida. Hay tensión, hay quejas, hay ironía con el arbitraje —no falta quien pregunte a voz en grito si la colegiada ha pasado por una conocida óptica de la calle principal—, pero el tono general se aleja de la toxicidad que a menudo rodea al fútbol masculino de élite. Menos insulto, más complicidad.

Antes de cada encuentro, las gradas se visten con pancartas de jugadoras del Tottenham sobre banderas Progress Pride. No es decoración gratuita: es una declaración clara de inclusión. Ese despliegue visual de identidades LGBTQIA+ ha convertido los partidos en un espacio donde muchos aficionados sienten, quizá por primera vez, que el fútbol también habla de ellos. Y demuestra que el deporte puede ser algo más que un marcador: puede ser una herramienta real de cambio social.

El juego en sí tiene su propio ritmo. Sí, el fútbol femenino puede ser un punto más lento en lo físico, pero los partidos del Tottenham Women son ágiles, fluidos y, sobre todo, libres de VAR. Eso implica errores arbitrales puntuales, decisiones discutibles que se asumen en caliente, pero evita esos parones interminables que matan la emoción. Se sufre y se celebra a tiempo real, sin mirar al videomarcador en busca de un veredicto final.

Un futuro que invita a acercarse

Con un cuerpo técnico asentado, una columna vertebral reconocible y fichajes que apuntan hacia arriba, el Tottenham Women se ha ganado algo que no se compra: credibilidad. Lo ha hecho mientras el equipo masculino vivía una de sus etapas más angustiosas recientes, convirtiéndose en refugio emocional para una parte creciente de la afición.

La próxima temporada puede llevar a más gente a Leyton Orient y, cuando toque, al Tottenham Hotspur Stadium. No solo para ver si el equipo logra por fin asaltar el dominio de City, Arsenal, Chelsea y United, sino para experimentar un tipo de fútbol que recuerda por qué este deporte atrapó a tantas personas en primer lugar.

El proyecto ya no pide atención por compromiso. La exige por mérito. Y la pregunta, a estas alturas, no es si el Tottenham Women seguirá creciendo, sino hasta dónde está dispuesto a llegar.