Mohamed Hany: El giro cruel en el Mundial 2026 ante Australia
En el silencio súbito del AT&T Stadium de Arlington, todos miraron al mismo punto del césped. Mohamed Hany yacía inmóvil. Minuto 48 del Australia–Egipto, duelo de octavos de final del Mundial 2026, y durante unos segundos el fútbol dejó de importar.
El lateral egipcio cayó al suelo en una acción sin aparente contacto grave, pero su falta de movimiento encendió las alarmas. Compañeros, rivales y cuerpo médico corrieron hacia él. La escena fue tensa, de esas que congelan a un estadio entero: jugadores rodeando al lesionado, gestos de preocupación, el murmullo de la grada convertido en un zumbido inquieto.
Hany, sin embargo, logró levantarse por su propio pie. Caminó hacia la banda para ser evaluado, todavía con el gesto serio, mientras el banquillo egipcio valoraba si arriesgar o no. Tras alrededor de un minuto de atención médica, el defensa recibió luz verde y volvió al campo. El alivio era evidente: Egipto recuperaba a uno de sus hombres y, al menos en apariencia, el susto quedaba atrás.
Pero el fútbol tiene memoria corta y un sentido del drama despiadado.
Poco después de su regreso, llegó la jugada que marcaría su noche. Un centro al área egipcia, un salto, un cabezazo… y el balón entrando en la portería equivocada. Autogol. Para Australia. Para desesperación de Egipto. Para hundir aún más a un futbolista que había pasado, en cuestión de minutos, del temor por su integridad física a convertirse, involuntariamente, en protagonista negativo del partido.
Ese tanto en propia puerta fue el segundo autogol de Hany en este Mundial. Un dato demoledor para cualquier jugador, más aún en un torneo donde cada detalle pesa, donde un simple desvío puede cambiar el rumbo de una eliminatoria y de una generación.
Mientras Australia y Egipto se jugaban el pase en Arlington, el resto del cuadro del Mundial 2026 seguía tomando forma. El torneo, ya en su fase de eliminación directa con 32 selecciones en el cuadro, avanza a un ritmo implacable: cada ronda parte el pelotón por la mitad y deja fuera a quienes no soportan la presión del momento. No hay red de seguridad. Solo los semifinalistas derrotados tendrán una última cita, el partido por el tercer puesto, antes de que se conozca al nuevo campeón del mundo.
En ese contexto feroz, la historia de Hany se vuelve todavía más cruel. En un Mundial gigantesco, con 48 equipos repartidos por 16 sedes en tres países, con estadios llenos y audiencias masivas siguiendo cada detalle, un solo gesto técnico mal medido puede perseguir a un jugador durante años.
Egipto aún lucha por sobrevivir en el torneo. Australia, empujada por ese gol inesperado, busca aprovechar el golpe anímico. Y Hany, en medio de todo, carga con un peso que va mucho más allá de un simple registro estadístico: dos autogoles en la misma Copa del Mundo.
La pregunta es si este Mundial recordará a Mohamed Hany por sus errores… o si todavía le queda tiempo para cambiar el guion.
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