Egipto hace historia y avanza a octavos en el Mundial
Hossam Abdelmaguid no tembló. Ni el ruido, ni la presión, ni la historia que pesaba sobre sus hombros le movieron un milímetro el gesto. Colocó el balón, respiró, golpeó. Y con ese penalti, Egipto derribó por fin una puerta que llevaba décadas cerrada: está en los octavos de final de un Mundial por primera vez en su historia, tras eliminar a una Australia combativa por 4-2 en la tanda, después del 1-1 en 120 minutos en Texas.
En la banda, Mohamed Salah se derrumbó entre lágrimas. No fue su noche con el balón en juego, pero sí su noche como capitán de una generación que al fin deja de vivir solo de recuerdos continentales.
Un partido tenso, una historia en juego
El duelo fue áspero, espeso, nervioso. Se notaba lo que había en juego: ni Egipto ni Australia habían ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. Cada balón dividido llevaba dentro un trozo de historia.
Australia golpeó primero al orgullo egipcio. A los cinco minutos, Cristian Volpato, el talento que cambió Italia por los Socceroos justo antes del torneo, estrelló un derechazo en la parte alta del larguero. Aviso serio. El fondo australiano rugió; la defensa egipcia, titubeante en el inicio, entendió que la noche no iba a ser cómoda.
Y, sin embargo, el marcador lo abrió Egipto. Casi contra la lógica del juego.
Ashour aparece, Australia responde
En el minuto 13, cuando el equipo de Hossam Hassan aún no encontraba su sitio, Karim Hafez puso un centro tenso al segundo palo. Nestory Irankunda perdió la referencia de su marca y Emam Ashour, completamente solo, atacó el espacio y cabeceó a la red. Segundo gol del torneo para él. 1-0 y el estadio, con mayoría egipcia, convertido en un pequeño Cairo bajo el techo climatizado de la casa de los Dallas Cowboys.
El gol cambió el paisaje. Australia, que solo había marcado dos tantos en la fase de grupos, se vio obligada a tomar la iniciativa. Pero le costó horrores. Su primer disparo a puerta no llegó hasta diez minutos antes del descanso, cuando Aziz Behich probó con un tiro flojo a las manos de Mostafa Shobeir, hijo de Ahmed, el mítico portero egipcio del Mundial de 1990. Un apellido que vuelve a sonar en el gran escenario.
Salah, tocado de los isquiotibiales, se movía, pedía, arrastraba defensas, pero apenas encontraba espacios. El primer tiempo se le fue entre choques, faltas y gestos de frustración. El tramo final de la mitad lo marcó un impacto duro: Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, acabó tendido tras una entrada aérea muy fuerte de Rabia. El carrilero se marchó ayudado por los médicos y Tony Popovic se vio obligado a cambiarlo al descanso por Kai Trewin. Un golpe serio a la banda más profunda de los australianos.
Del 2-0 desperdiciado al castigo del empate
Nada más arrancar la segunda parte, Egipto tuvo la jugada que pudo cambiar la noche. Omar Marmoush, el atacante del Manchester City, apareció en el área con todo a favor. El pase le dejaba solo para empujar. Pero cruzó demasiado y el balón se perdió rozando el poste. Era el 2-0 que nunca llegó.
El fútbol suele cobrar esas deudas. Y Australia, que había avisado a balón parado durante todo el torneo, encontró su premio en una jugada que dolerá tiempo en la memoria egipcia. Un lanzamiento cerrado de falta al área, presión australiana al primer palo y Mohamed Hany, forzado, desvió el balón de cabeza hacia su propia portería. Segundo autogol del lateral en este Mundial. 1-1 y el partido, otra vez, en llamas.
Egipto acusó el golpe. Durante varios minutos se replegó, desordenado, mientras los Socceroos olían la sangre. Pero la falta de colmillo de los oceánicos en tres cuartos de campo volvió a dejar la puerta entreabierta a la reacción africana.
Salah, casi invisible… hasta el momento clave
Con el cronómetro acercándose al final, el equipo de Hassan empezó a adelantar líneas. Salah, aún lejos de su mejor versión, apareció en la construcción de la jugada que pudo evitar la prórroga: una combinación por la derecha terminó con un disparo de Ramy que Patrick Beach sacó con una estirada magnífica ya en el tiempo añadido. Mano salvadora. Australia se aferraba al torneo.
El tiempo reglamentario murió con Egipto empujando y Australia resistiendo como podía. La prórroga, inevitable, llegó con los dos equipos sabiendo que cualquier error sería fatal.
En el tiempo extra, las piernas pesaron y el miedo se notó. Salah tuvo una ocasión clara al inicio, esta vez con su pierna derecha, pero su disparo salió alto, muy por encima del larguero. El capitán se llevó las manos a la cabeza. La grada egipcia también. El guion empezaba a oler a penaltis.
Y así fue. Sin claridad, sin más ocasiones claras, el partido se deslizó hacia la tanda como una sentencia aplazada.
La ruleta de los penaltis y el héroe inesperado
Popovic jugó su última carta antes de la tanda: entró Mathew Ryan, el portero experimentado, en un movimiento desesperado por cambiar el destino. No funcionó.
Los penaltis se lanzaron hacia la grada egipcia. Un mar de camisetas rojas, banderas, teléfonos en alto y silbidos ensordecedores. El ambiente pesaba. Harry Souttar, encargado del primer lanzamiento australiano, lo sintió de lleno: tomó carrera y mandó el balón muy por encima del larguero. Golpe psicológico brutal para los Socceroos desde el primer disparo.
Después, llegaron cinco lanzamientos convertidos de forma consecutiva. Salah, que había sufrido durante todo el encuentro, se plantó en los once metros y ejecutó con una frialdad absoluta. Carrera corta, golpeo limpio, portero a un lado, balón al otro. El gesto de un futbolista que, incluso mermado, sigue siendo el faro emocional de su país.
Australia se mantenía con vida hasta que apareció otro momento cruel. Lucas Herrington, defensa de 18 años, encaró su penalti con el peso de un país sobre la espalda. Buen golpeo, pero el balón se estrelló en el larguero. Silencio en un lado del estadio, explosión en el otro.
Quedaba el último acto. Abdelmaguid avanzó hacia el punto de penalti con el ruido del mundo entero en los oídos. No dudó. Ajustó su disparo, batió a Ryan y desató el delirio. Egipto, al fin, en octavos.
Salah, roto de emoción, lloraba mientras sus compañeros corrían hacia Abdelmaguid. Al otro lado, Australia se quedaba hundida, consciente de que había tenido opciones, pero sin la pegada ni la precisión necesarias.
Argentina en el horizonte
El premio es tan grande como el desafío que viene. Si la lógica se impone y la campeona del mundo supera a Cabo Verde en su cruce de dieciseisavos, el siguiente capítulo de esta aventura egipcia será contra la Argentina de Lionel Messi en Atlanta, el martes.
Egipto ya ha derribado un muro histórico. Ahora, con la presión descargada y la ilusión desatada, la pregunta es otra: ¿hasta dónde puede llegar este grupo que por fin se ha atrevido a escribir su propia página en la historia del Mundial?
Podría interesarte

El Real Madrid busca fichar a Rodri: reunión secreta y negociación con el City

Kelechi Iheanacho deja Celtic por Bursaspor: un nuevo reto en Turquía

Liverpool acelera por Bradley Barcola en el mercado

Liverpool y el consorcio de Bhatia y Mittal: el futuro del fútbol

Jeff Bezos y su interés en Liverpool: ¿una inversión estratégica?

Tonda Eckert en el centro del escándalo de espionaje que afectó a Southampton
