Brasil se prepara para los octavos con Matheus Cunha como clave
El Mundial empieza a dibujarse. Y Brasil también.
El equipo de Carlo Ancelotti ha ido encontrando su forma y, sobre todo, su once. Partido a partido, en esta fase de grupos, la selección ha ganado ritmo, confianza y una idea. Llega a los octavos con la sensación de estar creciendo justo cuando el torneo se pone serio. Lo necesitará: Japón espera en el último 32 y no concede margen a la distracción.
En el centro de todo ese crecimiento hay un nombre que, hace apenas unas semanas, no muchos habrían señalado como “la clave”: Matheus Cunha.
Un “nueve y medio” que cambia el mapa
Brasil siempre ha imaginado a su delantero centro con una silueta muy concreta: Ronaldo, Adriano, Romário. Un nueve clásico, de área, de referencia, de poster. Cunha rompe ese molde. Y ahí está precisamente su valor.
No es el nueve de siempre. Tampoco es un diez puro. Es algo entre medias. Un “nueve y medio”: puede fijar centrales, pero también bajar a recibir, enlazar, crear espacios y asistir. Y, al mismo tiempo, tiene gol. Tres tantos en este Mundial avalan que no es únicamente un generador de juego.
Con él, Brasil tiene algo que quizá nunca había tenido en esa zona del campo. Un delantero que vive entre líneas, que se mueve en la frontera entre la mediapunta y el área, que duda al defensor que lo marca.
En muchos momentos recuerda a Roberto Firmino: se descuelga, aparece en zonas incómodas, arrastra marcas. Si el central le sigue, se abre una autopista para Vinicius Jr y Rayan. Si el central se queda, Cunha recibe con tiempo para girar, filtrar un pase o armar el disparo. Siempre obliga a decidir. Y casi siempre la decisión del rival parece equivocada.
Lo más significativo es que se le ve cómodo en todo eso. Acepta el esfuerzo defensivo, inicia la presión, incluso se coloca por momentos como un “seis” adelantado, tapando líneas de pase por delante del mediocampo. Esa generosidad sin balón, sumada a su lectura ofensiva, ha dado un equilibrio nuevo al ataque brasileño.
De la duda al hallazgo
Brasil llegó a este Mundial sin saber quién era su mejor nueve. Algo poco habitual en la historia reciente de la selección. Hasta el amistoso ante Escocia, el debate seguía abierto: Cunha, Igor Thiago, Endrick, Joao Pedro, Richarlison… Ni siquiera Ancelotti parecía tenerlo claro.
A veces, las lesiones obligan a los entrenadores a tomar decisiones que acaban siendo definitivas. Y esta vez, el golpe de suerte disfrazado de problema se llamó Raphinha.
El jugador del Barcelona es brillante, pero necesita libertad, moverse por dentro, caer a ambas bandas. En el debut contra Marruecos actuó como diez por detrás de Igor Thiago, aunque también puede partir desde cualquiera de los costados. Cuando se lesionó el isquiotibial ante Marruecos, Ancelotti recurrió a Rayan, un futbolista mucho más de banda, más de permanecer abierto en la derecha.
El efecto fue inmediato. Con Vinicius Jr en la izquierda y Rayan fijando en la derecha, el carril central quedó despejado. Cunha empezó a encontrar zonas limpias para recibir, girar y atacar. Muchas veces, completamente solo entre líneas. Justo donde más daño hace.
Eso no significa que la discusión esté cerrada. Igor Thiago, por ejemplo, ofrece otro registro: más físico, más de chocar con los centrales, de fijarse arriba si el partido exige un juego más directo o Brasil necesita volcarse en busca del gol. Ancelotti, al menos, ya no tiene un problema, sino opciones.
En casa, sin embargo, la corriente de opinión empieza a ser clara: Cunha se ha convertido en la respuesta que muchos no esperaban. Y, si mantiene este nivel, será difícil discutirlo.
El Brasil camaleónico de Ancelotti
Todo esto nace de un entrenador que ha vuelto a demostrar por qué ha ganado en todas partes. De Ancelotti se habla mucho por su gestión de vestuario, por su calma, por la capacidad de hacer sentir importantes a sus jugadores. A veces se olvida que, tácticamente, es igual de brillante.
Su Brasil no se obsesiona con la posesión. No necesita tener el 70% del balón para mandar. A veces, cederlo es la mejor forma de controlarlo todo.
Contra Escocia, el plan fue evidente: entregar la pelota, guiar a los rivales hacia las zonas donde Brasil quería robar y castigar. El primer gol nació de esa trampa. El segundo, anulado de forma polémica, también. No fue casualidad. Ya lo había ensayado en los amistosos previos ante Panamá y Egipto, con goles muy similares.
Brasil no tuvo tanto el balón, pero sí el mando. Cuando el equipo se activó en la presión, en el momento justo y con la intensidad adecuada, Escocia se encontró atrapada. El resultado fue la confirmación de una idea: no hace falta ser siempre el protagonista con la pelota para dominar un partido.
La etiqueta fácil —equipo de posesión, equipo defensivo, equipo de contragolpe— no encaja con este Brasil. Ancelotti adapta el plan al rival y al momento del encuentro. Si tienes jugadores capaces de cambiar de registro, ¿por qué no cambiar tú también?
Una selección distinta a la de siempre
Es un Brasil nuevo. No renuncia al talento ni al gol, pero se aleja de ciertos rasgos que parecían innegociables. Por primera vez en un Mundial, los laterales no son puñales constantes. Nada de Roberto Carlos, Cafu, Maicon, Marcelo o Dani Alves lanzados al ataque cada dos minutos.
Con Douglas Santos y Roger Ibanez o Danilo, los laterales eligen mejor cuándo subir. Son más prudentes. Esa contención tiene un efecto directo: permite que Vinicius Jr se mantenga más arriba, más fresco, más cerca del área rival. Menos desgaste atrás, más veneno adelante.
La línea defensiva se ve sólida. El mediocampo, mejor ajustado. El primer partido, ante Marruecos, dejó a Casemiro excesivamente expuesto. Solo en el centro, obligado a abarcar un terreno que, a sus 34 años, ya no puede cubrir. Recibió muchas críticas, pero el problema no era él. Era el sistema.
De ahí el giro. Del 4-2-3-1 inicial a un 4-3-3 más compensado. Ahora, cuando Bruno Guimarães se suelta y pisa campo rival, Casemiro ya no se queda aislado: tiene a Lucas Paquetá cerca, formando un doble ancla que protege la espalda del equipo. Ante Haití y Escocia, la diferencia fue evidente. El equipo sufrió menos en las transiciones, recuperó mejor y atacó con más seguridad.
Ese ajuste será vital frente a Japón, un rival mucho más fluido y peligroso con la pelota que haitianos y escoceses. Si Brasil quiere seguir mandando sin necesidad de monopolizar el balón, el triángulo del medio tendrá que rozar la perfección.
Sonrisas… y exigencia
Los números avalan el optimismo: un solo gol encajado, siete a favor. La estadística, sin embargo, solo importa si la racha se mantiene. En Brasil lo saben bien: lo único que realmente cuenta es seguir ganando.
La atmósfera ha cambiado. Antes del debut, se respiraba ansiedad. Después del primer partido, preocupación. Tres encuentros más tarde, el país se ha reconciliado con su selección. Hay ilusión. Hay sonrisas. Hay una sensación de que algo se está construyendo.
Ahora llega el examen que separa a los equipos interesantes de los candidatos reales. Japón no perdona distracciones, presiona alto, se mueve rápido. Brasil llega con una idea más clara, un once más definido y un “nueve y medio” que ha cambiado el rostro del ataque.
La pregunta es sencilla y brutal: ¿bastará con eso cuando el margen de error se reduzca a cero?
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