Bill Murray y el inicio del caos en Sunderland
Bill Murray apenas llevaba unos meses en el cargo cuando llegó aquel agosto de 1939. Había tomado el relevo de Johnny Cochrane en marzo y todavía caminaba con pasos cautelosos como entrenador de Sunderland. Conocía la casa: había sido jugador a las órdenes de Cochrane y sabía de sobra qué se exigía en Roker Park. Su idea, a largo plazo, era clara: devolver al club al nivel de los campeones de liga de 1936 y de copa de 1937, lejos del desplome de la última temporada de su predecesor.
El estreno del curso 1939‑40, con victoria ante Derby County, alimentó la ilusión. Parecía que el gigante se desperezaba. Pero el segundo partido, disputado tal día como hoy en 1939, rebajó de golpe cualquier optimismo. Huddersfield Town se llevó los dos puntos con una actuación más completa, mejor estructurada, y dejó al desnudo cuánto trabajo le quedaba por delante a Murray si quería convertir de nuevo a los Lads en una fuerza constante.
Un Sunderland frágil y un capitán tocado
El análisis fue duro. Atrás, el equipo local se mostró indeciso, flojo en la marca, siempre un segundo tarde. Arriba, el ataque apenas carburó. Las crónicas del día siguiente apuntaron a los árbitros por no cortar una cadena de faltas al límite de los visitantes, pero el problema de fondo estaba en otra parte.
El golpe clave fue físico y simbólico: el capitán Raich Carter sufrió “un golpe” y no pudo moverse con su habitual libertad. Con su influencia reducida, el equipo se quedó sin brújula. La prensa señaló a sus compañeros por no asumir responsabilidades y llenar ese vacío. Solo un nombre salió bien parado: el guardameta Johnny Mapson. El consenso era claro: poco o nada pudo hacer en los dos tantos de Huddersfield.
El primer gol visitante llegó envuelto en discusión. El equipo de Clem Stephenson abrió el marcador pronto, pero no todos vieron lo mismo. Muchos espectadores insistieron en que el cabezazo de Billy Price entró directamente. El árbitro, sin embargo, concedió el tanto como autogol de Jimmy Gorman, que había saltado con Price para despejar el centro. La anotación oficial quedó así: Gorman en propia puerta.
Carter equilibró el duelo pasada la media hora, con el reloj marcando el minuto 33. El empate devolvió algo de vida a Roker Park, pero fue un espejismo. En el tramo final, Price apareció de nuevo para firmar el 1‑2 definitivo a diez minutos del cierre. Esta vez no hubo debate. Tampoco protestas masivas. Pocos aficionados discutían el resultado cuando abandonaban el estadio. El veredicto era casi unánime: Huddersfield había sido mejor.
Fútbol bajo la sombra de la guerra
Camino de casa, el ánimo no solo giraba en torno al rendimiento de un equipo en transición. Había una inquietud mayor, mucho más oscura: la duda de si en cuestión de semanas seguiría habiendo fútbol. O si las preocupaciones de un hincha iban a quedar en un plano insignificante frente a lo que se avecinaba.
Quien hubiera comprado un periódico antes del partido ya iba advertido. Las portadas estaban dominadas por la tensión internacional y la amenaza, cada vez menos velada, de una segunda guerra mundial. El Sunderland Echo and Shipping Gazette, por ejemplo, informaba de cómo la radio francesa pasaba a manos de las autoridades militares y detallaba las conversaciones a contrarreloj entre las potencias europeas. Una fotografía mostraba a obreros levantando un muro de sacos de arena, de forma preventiva, frente al Royal Infirmary.
En las páginas interiores, el tono no era más tranquilizador. Un artículo explicaba la organización de cascos y respiradores para padres de Sunderland, con instrucciones precisas sobre demostraciones y puntos de recogida en distintos colegios. Redby, Hudson Road, Cowan Terrace, Thomas Street, Commercial Road, Hylton Road, Diamond Hall, High Southwick, James William Street y Barnes figuraban como centros donde los niños serían equipados, con versiones especialmente adaptadas para los más pequeños.
Todo ello ofrecía una lectura dura, difícil de digerir, y era inevitable que influyera en el ambiente del partido, por mucho que el fútbol se buscara como refugio. En las gradas de Roker Park se mezclaban los habituales con soldados y marineros ya movilizados por la emergencia, reconocibles por sus uniformes. Se les permitió entrar a mitad de precio, con una condición curiosa: acceder por la puerta reservada normalmente a los chicos. El gesto no bastó para levantar el ánimo. La imagen sobre el césped, gris y dubitativa, no ayudó en absoluto a sostener la moral de la zona.
Aun así, algunos intuían que debían exprimir cada minuto. Tal vez, sospechaban, era la última vez en mucho tiempo que verían a Sunderland en casa.
De Highbury al frente
Cuando llegó el siguiente fin de semana y tocaba visitar a Arsenal, el mundo ya había cambiado. Polonia había sido invadida por las fuerzas alemanas. La guerra a gran escala era cuestión de tiempo, casi un hecho consumado.
El duelo en Highbury se disputó, pero adaptado a la nueva realidad. Se decidió retrasar el inicio a las 17:00, más tarde de lo previsto inicialmente, para aliviar la presión sobre el transporte público en horario de emergencia y permitir que se completara una evacuación improvisada de niños de la zona cercana. El fútbol, en ese contexto, pasó a un segundo plano evidente.
No tardó mucho en confirmarse la ruptura definitiva. Los marcadores de los partidos ante Derby, Huddersfield y Arsenal fueron borrados de los registros oficiales. La temporada quedó, en la práctica, anulada. Murray, que había llegado para reconstruir un equipo campeón, terminó dedicando su tiempo a algo muy distinto: supervisar entrenamientos físicos para tropas acantonadas en County Durham. Roker Park, señalado rápidamente como zona de evacuación, pasó casi dos años en silencio, inactivo, esperando a que el balón pudiera volver a rodar.
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