Thomas Tuchel y el giro táctico en la semifinal contra Argentina
Thomas Tuchel jugó a ser el gran apostador de Inglaterra. Una lista de convocados que casi nadie más se habría atrevido a firmar. Un triunfo a la defensiva contra México. Morgan Rogers titular “por una sensación del entrenador”.
Durante un rato, pareció que todas esas corazonadas iban a escribir historia.
El guion perfecto comenzó a tomar forma cuando Anthony Gordon atacó el segundo palo y remató el centro de Rogers. Gol. Ventaja. Validación instantánea del último instinto de Tuchel. Inglaterra por delante ante la campeona del mundo. El estadio, en shock.
Y, sin embargo, en siete minutos finales todo se desmoronó.
El giro que lo cambia todo
El verdadero punto de inflexión llegó antes del vendaval final. Minuto 71. Ezri Konsa se prepara en la banda. Cambio. Inglaterra se repliega a una línea de cinco. Una decisión fácil de cuestionar con el resultado puesto… pero que ya olía a problema en el mismo momento en que el cuarto árbitro levantó el cartel con el dorsal de Gordon.
Los números persiguen a Inglaterra. Ha marcado primero en siete de las 13 eliminatorias que ha perdido en los últimos 30 años. Es la única selección de este siglo que se ha adelantado en una semifinal de Copa del Mundo y no ha llegado a la final. Lo ha hecho dos veces. Es más que una estadística: es un patrón mental.
Tras el gol de Gordon, el síntoma se repitió. En el cuarto de hora posterior, Inglaterra apenas tocó la pelota: un 17 por ciento de posesión y solo nueve contactos en campo argentino. El equipo se encogió, retrocedió metros, se metió en su propia área. El frío empezó a calar.
Y ahí Tuchel decidió doblar la apuesta… hacia atrás.
Konsa entra en el 72, cambio a defensa de cinco, y el equipo termina de refugiarse. No solo se acentúa la ansiedad defensiva; Inglaterra se queda sin su vía de escape más directa: Gordon, el único extremo que estaba obligando a Argentina a correr hacia su propia portería.
Rogers, que pasa a moverse por detrás de Harry Kane junto a Jude Bellingham, se esfuma del partido. Entre el cambio de dibujo y el gol de Lautaro Martínez, solo toca el balón una vez. Una.
En esos 21 minutos fatales, la posesión inglesa se desploma hasta un 7,2 por ciento. Ocho toques en campo contrario. Ni un solo centro al área. El equipo, literalmente, deja de atacar.
Un plan que nunca se activó
La idea de Tuchel parecía clara: convertir a Djed Spence y Reece James en carrileros largos dentro de su 3-4-3 de siempre, ganar altura por fuera, respirar con las bandas. Sobre el papel, tenía lógica. Sobre el césped, fue un espejismo.
Desde la entrada de Konsa hasta el pitido final, James y Spence suman entre los dos un único toque en campo argentino. Uno. Demasiado poco para inquietar a un campeón del mundo que, con espacio y balón, se siente en casa.
Sin gente por delante del balón, Inglaterra entrega la pelota al equipo que tiene al mejor futbolista de todos los tiempos deseando recibirla. No es una metáfora: Lionel Messi aparece, se ofrece, manda.
Ola tras ola, Argentina avanza. Inglaterra ya no consigue retener ni dos pases seguidos. Incluso sin balón, el nuevo central no logra cambiar nada: Konsa no recupera ni una sola vez la posesión para los suyos y, en cambio, la pierde cinco veces. La muralla de cinco no protege; se agrieta.
Tuchel, que tantas veces ha demostrado leer a tiempo sus propios errores y rectificar con valentía, esta vez se queda inmóvil. Mientras el partido se inclina peligrosamente, las soluciones ofensivas siguen sentadas. Cuando por fin mueve el banquillo, entran Dan Burn y Nico O’Reilly. Refuerzos, sí, pero no una ruptura total con el plan que se estaba hundiendo.
El guion pedía dinamita. Llegó yeso.
La sombra de México y el viejo fantasma inglés
Tal vez el triunfo heroico contra México, con diez jugadores, reforzó la fe de Tuchel en su capacidad para resistir bajo asedio. Allí, el plan funcionó. México avisó desde el primer minuto que llenaría el área de centros. Inglaterra cerró el área, defendió su zona y sobrevivió.
Pero Argentina no es México. No lo ha sido nunca. Este equipo vive del pase, del control, de la paciencia. Y, sobre todo, de un Messi que no necesita colgar balones al área para destrozarte. Esta vez no fue el ejecutor directo, fue el arquitecto: asistió en los dos goles. Cuando más quemaba el balón, él lo quiso. Y lo manejó.
Tuchel había sido contratado para dar el salto que Gareth Southgate nunca consiguió. Con el anterior seleccionador, Inglaterra vencía a los rivales que debía vencer y se encogía cuando llegaba el momento de desafiar a los gigantes. El alemán llegaba como la pieza que faltaba, el estratega capaz de cambiar partidos desde la banda.
En algunos momentos pareció serlo. Ese descanso contra Croacia, con una charla encendida y cambios ofensivos valientes. Esa intervención defensiva milimétrica en el Azteca para cerrar el triunfo ante México. Episodios que alimentaron la sensación de que, por fin, Inglaterra tenía a un entrenador capaz de ganar las noches grandes desde el banquillo.
Pero ante Argentina, en la cita que definía una final de Copa del Mundo, la historia se repitió con un matiz cruel: el técnico que había prometido alejarse del miedo volvió, en el instante decisivo, al fútbol de refugio que había jurado desterrar.
Tuchel ha asegurado que cumplirá la ampliación de su contrato de dos años, con la mirada puesta en la Euro 2028. Habrá tiempo para reconstruir, para revisar cada minuto de este partido, para entender por qué una selección que golpeó primero volvió a caer de rodillas.
Hasta entonces, una imagen quedará clavada: el momento en que Inglaterra decidió protegerse antes de tiempo, renunció al balón y dejó que Argentina, y Messi, escribieran el final. Una sola apuesta de más. Y quizá, para toda una generación, una oportunidad de menos.
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