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Suecia: del naufragio al milagro en el Mundial 2026

La historia de Suecia rumbo al Mundial 2026 empezó como un desastre y terminó como una de las clasificaciones más improbables del torneo. Seis partidos de clasificación directa, solo dos puntos. Un seleccionador despedido. Un país resignado a ver el Mundial por televisión. Y, de repente, Graham Potter.

Del caos a la resurrección

El ciclo se torció pronto. Bajo el mando de Jon Dahl Tomasson, Suecia sumó apenas un punto en los cuatro primeros partidos. El golpe definitivo llegó en octubre de 2025: derrota 1-0 ante Kosovo y destitución inmediata del danés. El proyecto se había hundido antes de arrancar.

Entonces apareció un nombre que en Suecia no suena a extranjero, sino a viejo conocido: Graham Potter. El técnico inglés, que se dio a conocer en el banquillo de Östersund entre 2011 y 2017, regresaba al país donde construyó su reputación, aquel en el que llevó a un club desde la cuarta división hasta la Allsvenskan, levantó una copa y se permitió el lujo de tumbar al Arsenal en la Europa League.

Su llegada no fue un simple cambio de cara. Fue un cambio de código genético. Potter aparcó los experimentos y devolvió a la selección a sus raíces: bloque bajo, defensa terca, contraataques afilados. Aunque había declarado su preferencia por la línea de cuatro, en los playoffs se abrazó al 5-3-2, con la prioridad grabada a fuego: cerrar la puerta atrás y vivir de la eficiencia arriba.

La Nations League abrió una rendija hacia el Mundial. Suecia la convirtió en puerta grande.

En la semifinal, en España, ante Ucrania, apareció el hombre del momento: Viktor Gyökeres. Hat-trick, 3-1 y una actuación que cambió el tono de todo el proyecto. De la resignación al “¿y si…?”.

La final contra Polonia fue otra cosa. Mucho más áspera, mucho más sufrida. Polonia mandó durante largos tramos, incomodó, amenazó con dejar a Suecia fuera en la orilla. Pero el nuevo relato de esta selección parece escrito para Gyökeres. Minuto 88, 2-2, y el delantero del Arsenal cazó el 3-2 que desató el delirio. Clasificación sellada, guion de película.

Potter lo describió como la mejor noche de su carrera. Una noche en la que, según sus propias palabras, se sintió como fuera de su cuerpo, viendo a todo el banquillo correr hacia la celebración y preguntándose si realmente estaba allí. Lo estaba. Y con él, un país entero.

Suecia estará en el Mundial 2026 tras sumar solo dos puntos en su grupo de clasificación. Una anomalía estadística. Un éxito emocional.

El equipo de Potter: vieja escuela, nuevas caras

Con el billete en el bolsillo, el reto cambia de escenario. En Norteamérica esperan Túnez, Países Bajos y Japón. Un grupo traicionero, lleno de matices tácticos y ritmos distintos. Aun así, alrededor de la selección se respira algo que hacía tiempo que no se sentía: esperanza. Ese es el efecto Potter.

No todo son buenas noticias. Dejan Kulusevski, capitán y alma competitiva del equipo, se pierde el torneo por lesión. Su ausencia pesa como una losa. Su influencia, difícil de medir en números, se notará en cada transición, en cada pausa que ya no estará. Suecia viaja sin su brújula ofensiva.

Sobre Alexander Isak planean dudas serias. Forma irregular, problemas físicos, interrogantes sobre su impacto real en este ciclo. Marcó entrando desde el banquillo en el 3-1 ante Noruega el 1 de junio, un partido preocupante por lo desparejo, pero el gol no borra las preguntas. El Mundial le llega como examen definitivo.

Potter, el regreso del hijo adoptivo

La historia de Potter con Suecia no es casualidad. En octubre de 2025, en una entrevista con Fotbollskanalen, el técnico no disimuló: más que mostrar interés, lanzó un mensaje directo. “Tengo sentimientos por Suecia. Amo el país y amo el fútbol sueco. Entrenar a la selección sería una oportunidad increíble para mí, absolutamente”. Pocos días después, estaba sentado en el banquillo nacional.

El inicio no fue perfecto. No ganó ninguno de sus dos primeros partidos. Pero la Federación Sueca vio algo más que resultados inmediatos. En marzo le ofreció una extensión de contrato hasta 2030. Un gesto contundente: este proyecto es a largo plazo.

Potter habla muy bien sueco, conoce la cultura, entiende el contexto y llega después de etapas durísimas en Chelsea y West Ham. Para él, la selección es tanto un desafío deportivo como una especie de retorno a casa. Para Suecia, es la apuesta por un técnico que ya demostró que puede construir algo grande desde la nada.

Gyökeres, el nuevo tótem

En el fútbol de clubes, el gran titular del último año fue Alexander Isak: el traspaso más caro en la historia de la Premier League, de Newcastle a Liverpool por 125 millones de libras. En la selección, la jerarquía es otra.

El verdadero talismán de Suecia hoy se llama Viktor Gyökeres.

El delantero del Arsenal también sufrió al principio en su nuevo club, pero llega al Mundial en plena subida. Marcó cuatro de los seis goles suecos en los dos partidos de playoff. Cada vez que el equipo necesitó un golpe de autoridad, apareció él.

Su popularidad en el país se disparó tras el gol agónico ante Polonia. Las redes se llenaron de aficionados imitando su celebración, inspirada en Bane, el personaje interpretado por Tom Hardy en The Dark Knight Rises. Un gesto sencillo convertido en símbolo nacional.

En un equipo sin Kulusevski y con dudas sobre Isak, Gyökeres no es solo el goleador. Es el rostro del nuevo relato.

Lagerbielke, el barón que manda atrás

Más allá de nombres ya asentados, hay una figura que puede sorprender en Norteamérica: Gustaf Lagerbielke. El defensa del Braga firmó una actuación decisiva en la final de playoff contra Polonia. Gol de cabeza, de los que suenan a trueno, y una noche impecable conteniendo a Robert Lewandowski.

Su perfil ya sería llamativo solo por lo futbolístico. Pero su biografía añade un matiz único: es barón y ocupa el puesto 254 en la línea de sucesión al trono sueco. Un aristócrata en el corazón de una zaga que deberá sufrir, bloquear centros y ganar duelos ante rivales de máximo nivel.

Se habla de un posible salto a una de las cinco grandes ligas este verano. Un buen Mundial puede convertir esos rumores en ofertas firmes.

Karlström, el equilibrio silencioso

Si Suecia quiere competir de verdad en este grupo, necesitará algo más que héroes de portada. Tendrá que ganar batallas en la zona más delicada del campo: el centro. Países Bajos propone técnica y posesión; Japón, agresividad, tenacidad y precisión. Ahí entra en escena Jesper Karlström.

Capitán del Udinese, Karlström es un centrocampista que llegó tarde a la élite. Le costó asentarse en Djurgården antes de dar el salto al Lech Poznan. En ese camino, habló abiertamente de su adicción al juego y de cómo el club y su familia le ayudaron a superarla. No es solo un futbolista, es un ejemplo de resiliencia.

En lo táctico, encarna el manual del mediocentro posicional: fuerte en el duelo, sobrio con el balón, capaz de marcar el ritmo. A sus 30 años, su serenidad será fundamental para sostener a jóvenes como Yasin Ayari y Lucas Bergvall. No saldrá en todas las portadas, pero sin él el plan de Potter se tambalea.

La hinchada: cerveza, canto y marea amarilla

En los grandes torneos, el amarillo sueco nunca pasa desapercibido. La afición de Blågult viaja en masa, canta, bromea, se mezcla con los rivales y convierte las gradas en un festival de ruido y color.

Su himno oficioso es “Kanna på”, una canción que celebra jarras de cerveza que no dejan de llegar. El estribillo proclama: “Venimos con 100.000 hombres”. No habrá invasión vikinga en Estados Unidos, pero la delegación sueca será numerosa y ruidosa. Una marea azul y amarilla, vaso en mano.

Un país en el punto de mira

La relación entre Suecia y Estados Unidos vivió un momento surrealista en 2017, cuando el entonces presidente Donald Trump mencionó en un discurso: “Look what happened in Sweden last night”. Hablaba de inmigración y terrorismo. En Suecia, la frase generó desconcierto: la noche anterior no había pasado nada especialmente dramático.

Trump explicó después que se refería a un reportaje televisivo en Fox News, lo que no aclaró demasiado el malentendido. El diario Aftonbladet respondió con ironía, enumerando lo más “destacado” de aquel día: problemas técnicos del cantante Owe Thörnqvist en un ensayo, un hombre que se prendió fuego en una plaza de Estocolmo y cortes de carretera en el norte por mal tiempo. Nada que ver con el relato sugerido desde Washington.

Ahora, años después, Suecia vuelve a Estados Unidos con otro tipo de foco. No como ejemplo en un discurso político, sino como selección renacida, con un entrenador que se siente en casa y un equipo que ha aprendido a vivir al límite.

Llega herida, sin su capitán, con dudas sobre su nueve estrella. Pero llega. Y con Gyökeres al frente, Potter en el banquillo y una grada dispuesta a hacerse oír, la verdadera pregunta es otra: ¿hasta dónde puede estirarse este milagro sueco en Norteamérica?