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La semifinal del Mundial que reavivó la disputa por las Malvinas

La pelota ya había dejado de rodar. Argentina acababa de eliminar a Inglaterra en la semifinal del Mundial. Entre abrazos, gritos y cámaras, los jugadores albicelestes desplegaron un mensaje que no tardó en cruzar océanos: una bandera con la leyenda “Las Malvinas son Argentinas”.

El festejo deportivo se convirtió en cuestión de Estado.

Milei sube el tono

Un día después, Javier Milei decidió entrar de lleno en el partido diplomático. Desde su cuenta en X, el presidente argentino no solo defendió el gesto de los futbolistas: lo usó como plataforma para redoblar la presión sobre Londres.

“Mientras algunos están ocupados haciendo berrinches propios de un adolescente terminalmente mononeuronal, nosotros, por la vía diplomática, estamos cada día más cerca de la recuperación de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes”, escribió.

No fue una frase al pasar. Milei aseguró que su gobierno “se acerca cada día” a recuperar la soberanía sobre el archipiélago, una afirmación que elevó la tensión en una disputa que lleva décadas y que, esta vez, encontró en un Mundial el escenario perfecto para reavivarse.

El mensaje respondía a un posteo de Marc Zell, presidente de la rama en Israel del Partido Republicano estadounidense, que instó a la administración Trump a revisar la histórica posición de Washington sobre las Malvinas y respaldar el reclamo argentino.

Inglaterra, entre el enojo y la denuncia

Del otro lado, la reacción británica fue inmediata. El secretario de Negocios, Peter Kyle, calificó la aparición de la bandera como “totalmente inapropiada” y pidió a la FIFA que investigue lo sucedido. No se quedó solo: desde la oficina del primer ministro Keir Starmer, su portavoz remarcó con una frase tajante: “El Mundial puede que no sea nuestro, pero las Falkland Islands definitivamente sí lo son”.

La política británica se alineó rápido. En Buenos Aires, la vicepresidenta Victoria Villarruel ya había encendido la mecha antes del partido, al describir al Reino Unido como “piratas usurpadores”. La semifinal solo terminó de darle forma a un clima que venía cargado.

La FIFA confirmó que su comité disciplinario independiente analiza los informes del partido y las circunstancias del despliegue de la bandera antes de decidir si abre un procedimiento formal. No sería la primera vez: en 2014, la Asociación del Fútbol Argentino fue multada por mostrar el mismo lema antes de un amistoso frente a Eslovenia.

El giro del presidente

Milei no se limitó a las redes. En declaraciones a Radio El Observador, respaldó sin matices a los jugadores: “Las Malvinas son argentinas, las vamos a recuperar y lo vamos a hacer por la vía diplomática”, aseguró, elevando el tono soberanista al máximo.

El contraste es evidente. Apenas un día antes, el propio presidente había pedido a los argentinos no mezclar fútbol y reclamo territorial, desestimando este tipo de gestos como “baratos gestos de patriotismo”. La semifinal contra Inglaterra cambió el libreto. O, al menos, lo aceleró.

El Mundial, que suele ofrecer relatos de héroes y villanos dentro del campo, volvió a demostrar que para Argentina y el Reino Unido el verdadero partido por las islas nunca se juega solo en 90 minutos. Se disputa en los micrófonos, en los despachos y, cada tanto, en una bandera que irrumpe en el césped y obliga al mundo a mirar de nuevo hacia el Atlántico Sur.