Logotipo completo Juego Final

La realidad oculta del fútbol inglés: ¿éxito o crisis?

Cuando Martin Odegaard levantó el trofeo de la Premier League en Selhurst Park aquel 24 de mayo, rodeado por un mar rojo y blanco, la escena parecía el retrato perfecto de la salud del fútbol inglés. Arsenal, campeón de liga por primera vez en 22 años, firmaba su 14.º título y se unía a Liverpool y Manchester City como el tercer club distinto en tres temporadas en coronarse en Inglaterra. Competencia feroz, estadios llenos, audiencias millonarias. ¿Qué podría ir mal?

La imagen es poderosa. Pero engañosa.

Una liga que Europa mira con envidia

La rotación de campeones en Inglaterra contrasta con la monotonía del resto del continente. En España, el segundo campeonato más rico del mundo, el título ha sido cosa casi exclusiva de Barcelona y Real Madrid: 20 ligas para ellos en las últimas 22 temporadas. En Alemania, Bayern Munich ha encadenado 13 títulos en 14 años. En Francia, Paris Saint-Germain ha impuesto su dominio en ocho de las últimas nueve campañas.

Solo Italia, con una Serie A que ha visto a Juventus, Inter Milan, AC Milan y Napoli repartirse el trono en los últimos siete años, se acerca al grado de competitividad que presume la Premier League.

El poder inglés también se nota en Europa. Solo la victoria de PSG en los penaltis ante Arsenal en la última final de la Champions League evitó un pleno inglés. Aston Villa y Crystal Palace se habían llevado la Europa League y la Europa Conference League, y Chelsea sigue siendo el vigente campeón del Mundial de Clubes de la FIFA.

Todo ello respaldado por una maquinaria económica apabullante. La Premier League vende sus derechos de televisión, nacionales e internacionales, por más dinero que cualquier otra competición. En el último ranking de Deloitte de los 30 clubes con mayores ingresos del planeta, la mitad son ingleses. No solo gigantes: también nombres como AFC Bournemouth, Brentford o Brighton & Hove Albion se cuelan en la élite financiera.

Sobre el papel, un ecosistema perfecto. En la realidad, un modelo que empieza a crujir.

El talento inglés hace las maletas

Bajo la superficie del éxito deportivo y económico, Inglaterra vive un fenómeno inquietante: sus mejores futbolistas se marchan. El capitán de la selección, Harry Kane, ya compite fuera. Tras la reciente venta de Anthony Gordon de Newcastle United a Barcelona, seis jugadores de la convocatoria inglesa para el próximo Mundial militan en clubes extranjeros.

El periodista Martin Samuel, una de las firmas más respetadas del país, lo resumió con crudeza en The Times: antes, cuando Real Madrid o AC Milan se llevaban a una estrella inglesa, se interpretaba como un motivo de orgullo. Ahora, casi una cuarta parte de la selección juega fuera. Eso ya suena a fuga de talento. Y duele más porque el flujo en sentido contrario no tiene la misma calidad.

Inglaterra sigue produciendo futbolistas de élite, pero la Premier no siempre consigue retenerlos. Para una liga que presume de ser el centro del universo futbolístico, el dato no es menor.

Millones por todas partes, beneficios para muy pocos

La paradoja se acentúa con las cuentas. Pese a los ingresos récord, solo cuatro clubes de la Premier —Newcastle, Aston Villa, Bournemouth y Liverpool— registraron beneficios en la última temporada con datos disponibles. El resto vive en un equilibrio frágil entre ambición deportiva y sostenibilidad financiera.

Más abajo, en las divisiones inferiores, el paisaje es aún más sombrío. Varios clubes históricos han terminado en administración concursal en los últimos años, entre ellos Derby County o Sheffield Wednesday. Escudos con décadas de historia, arrinconados por deudas y mala gestión.

Para cuadrar balances y cumplir con las normas de control económico, muchas entidades recurren a artificios contables: ventas y posterior alquiler de estadios o instalaciones de entrenamiento, operaciones diseñadas para maquillar los números y ajustarse a las reglas de fair play financiero. El objetivo oficial es preservar la competencia y frenar el impacto de grandes fortunas —incluidos fondos soberanos— que inflan el mercado de fichajes y salarios. El efecto colateral es una carrera peligrosa por no quedarse atrás, con clubes que se empujan a sí mismos al borde de la insostenibilidad.

Y puede que el salvavidas de siempre, el gran inversor dispuesto a cubrir agujeros, ya no llegue con la misma alegría.

El miedo a caer: la Premier ya no es un parque de atracciones para inversores

La última temporada dejó un aviso serio para quienes miran a la Premier como un negocio seguro. Tottenham Hotspur, uno de los seis clubes que en 2021 coquetearon con la Superliga europea antes de recular ante la furia de sus aficionados, coqueteó con el descenso y solo se salvó por un margen estrecho. West Ham United, octavo club con más años consecutivos en la élite inglesa y vigésimo en la Money League de Deloitte, no tuvo tanta suerte y cayó a la segunda categoría.

Ese tipo de golpes asusta, sobre todo a los inversores estadounidenses, acostumbrados a ligas cerradas sin el abismo del descenso. Aquí, un mal año no se paga con una mala portada: se paga con un agujero financiero descomunal.

Samuel apuntaba otro detalle significativo: Liverpool, Manchester United, Crystal Palace, Chelsea y Newcastle están, de un modo u otro, en el escaparate. Propietarios que escuchan ofertas, fondos que tantean salidas. Y todos ellos, advertía el periodista, miran lo ocurrido con West Ham, la temporada de vértigo de Tottenham… y se estremecen.

No son los únicos. En las oficinas de la Premier League, donde se celebran títulos, audiencias récord y contratos televisivos multimillonarios, también saben que el brillo puede engañar. El trofeo en manos de Odegaard fue una postal perfecta. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse el decorado antes de que las grietas del modelo inglés dejen de ser un problema interno y se conviertan en el argumento central de la próxima gran crisis del fútbol europeo.