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La noche que definió a Sabah en Old Trafford

Hay noches en las que el fútbol se reduce a un instante. A una fracción de segundo en la que todo puede torcerse o estallar de alegría. Para Joy-Lance Mickels y para Sabah, ese momento llegó en el minuto 39 en Old Trafford. Y se les escapó.

La ocasión que lo cambió todo

Azerbaiyán ya perdía por el gol inicial de Matheus Cunha cuando Kaheem Parris colgó un balón perfecto al segundo palo de la portería de Manchester United. La pelota viajó alta, lenta, casi suspendida en el tiempo. Al otro lado, libre de marca, muy cerca de la línea, esperaba Mickels.

Era la oportunidad soñada: un remate sencillo, un cabezazo que podía cambiar la noche, quizá la historia del club. Pero el delantero de 32 años se precipitó. Se lanzó al balón, no lo dirigió, lo cazó con ansiedad. Y la pelota se marchó fuera.

Silencio. Manos en la cabeza. Lamento colectivo en el sector donde se apretaban los 500 aficionados de Sabah. Y una sensación difícil de sacudirse: esa podía ser la única bala para volver al partido y firmar un resultado inolvidable.

Lo fue. Desde ahí, el guion se inclinó sin piedad hacia el lado esperado. United aceleró, impuso jerarquía y cerró la noche con un 4-0 cómodo, casi clínico en el marcador, pero con una historia mucho más rica detrás para el campeón de Azerbaiyán.

De Masazir a Old Trafford

Para entender lo que significaba esta noche para Sabah hay que retroceder unos años y unos cuantos miles de kilómetros. El club nació en Masazir, una localidad de apenas 19.000 habitantes a unos 40 kilómetros de Bakú. Septiembre de 2017. Un promotor inmobiliario, Yagub Huseynov, decide fundar un equipo. Nada hacía pensar entonces que, en menos de una década, ese proyecto iba a plantarse en la fase de grupos de la Champions League.

La pasada temporada lo cambió todo. Bajo la dirección del lituano Valdas Dambrauskas, los Owls conquistaron por primera vez la liga y la copa, un doblete histórico que les abrió la puerta de Europa.

El viaje continental arrancó el 7 de julio, el mismo día en que Argentina eliminaba a Egipto en los cuartos de final del Mundial. Desde entonces, cuatro rondas previas, ocho partidos, cuatro rivales superados: The New Saints, Kuopio, Aarhus y Hapoel Be’er Sheva. Cada eliminatoria, una capa más de fe. Cada clasificación, un paso más hacia el sueño.

Ese sueño desembocó en Old Trafford. El escenario más grande en los apenas nueve años de vida del club.

El desafío de Dambrauskas

En la previa se habló mucho de la figura de Dambrauskas. De cómo, en 2002, invirtió las 725 libras que ganó en el concurso televisivo Six Zeros – A Million, la versión lituana de Quién quiere ser millonario, para iniciar la carrera como entrenador que tanto deseaba. Dos décadas después, el técnico de 49 años se plantaba en el “Teatro de los Sueños” con un equipo que él mismo ha moldeado a base de intensidad, trabajo táctico y ambición.

Antes del partido, algunos jugadores de Sabah paseaban por el césped, miraban hacia arriba, hacia las gradas infinitas, intentando asimilar la magnitud del lugar donde estaban a punto de competir. Un templo del fútbol europeo frente a un grupo que, en su mayoría, nunca había jugado a este nivel.

La alineación de Michael Carrick dejó claro que no habría concesiones. Youri Tielemans, Kobbie Mainoo, Cunha, Bruno Fernandes y Bryan Mbeumo formaban casi todo el núcleo duro ofensivo del técnico. Marcus Rashford descansaba, pero su lugar lo ocupaba Benjamin Sesko, titular por primera vez en la temporada.

En el otro área, el 9 era Mickels, el hombre de los 19 goles que empujaron a Sabah hacia el título de la Misli Premyer League y que este año debutó con la selección de Ruanda. Hincha confeso de United, se encontró en el estadio de sus sueños… y con un examen que no perdona errores.

Un inicio valiente, un golpe letal

Durante 27 minutos, Sabah se sostuvo con valentía. Presionó arriba, ejecutó el plan agresivo de Dambrauskas y logró que United solo se asomara al área en acciones aisladas. Ivan Lepinjica, el mediocentro que se movía con elegancia en la base, y Parris, con su zancada y desborde desde la derecha, ofrecían salidas claras. Había personalidad. Faltaba filo.

La diferencia se vio en el primer tanto. Patrick Dorgu colgó un centro desde la izquierda y Cunha, dentro del área, no dudó. Control, definición, castigo. Donde Sabah dudaba, United no perdonaba.

El reto para el campeón azerbaiyano estaba claro: no desmoronarse, seguir creyendo. Lo consiguió durante unos minutos, hasta que la calidad de la élite terminó por abrir la brecha.

En el 42, Tielemans y Bruno Fernandes armaron una jugada que retrató la inocencia de Sabah en este escenario. El belga filtró, el portugués recibió, se plantó ante Stas Pokatilov, capitán y guardameta kazajo, y definió con frialdad. Gol. Herida abierta.

Y casi sin tiempo para reaccionar, otro mazazo. Sesko, ágil, elegante, superó a Pokatilov en el área y firmó el 3-0. El primer partido de la fase de grupos quedaba prácticamente sentenciado antes del descanso.

Para Sesko, tantas veces utilizado como revulsivo, el tanto tuvo un valor especial. Venía de marcar también en el 2-2 ante Everton, entrando en el minuto 70. Dos partidos seguidos viendo puerta, uno como suplente, otro como titular. Argumentos sólidos para reclamar un sitio fijo en el once de cara al derbi contra Manchester City, el número 199 entre ambos clubes.

Un error y una lección

La segunda parte ya fue otra cosa. El resultado, la jerarquía, la diferencia de experiencia: todo jugaba en contra de Sabah. El cuarto gol llegó con una acción que dolerá en las revisiones de vídeo del cuerpo técnico. Un enredo en el área pequeña, Pokatilov en la línea de gol sin ubicar bien el balón, y Lisandro Martínez atento para aprovechar el regalo y cerrar el 4-0.

Dambrauskas y sus jugadores se marcharon con frustración. No solo por el marcador, también por la sensación de que podían haber competido mejor, de que esa falta de valentía en la salida de balón, reconocida por el propio entrenador, les restó opciones.

El técnico lo resumió con sinceridad: todos se irían a casa pensando que podían haber hecho “un poco mejor”, sobre todo en el resultado. Admitió que al equipo le faltó coraje desde la línea defensiva para jugar, que no tuvieron miedo, pero sí quizá un respeto excesivo hacia el rival. De los 16 futbolistas que pisaron el césped, solo uno, el centrocampista Veljko Simić, sabía de primera mano lo que significa este nivel.

Una aventura que apenas empieza

El golpe en Old Trafford no cierra nada. Solo abre otra etapa del viaje. Sabah ya ha aprendido lo que supone enfrentarse al peso de un gigante europeo en su propio estadio. Lo que viene ahora no será más sencillo, pero sí igual de enriquecedor.

En el horizonte aguardan Slavia Prague, Borussia Dortmund, Viking, Barcelona, Villarreal, Napoli y Arsenal. Un calendario que, hace no tanto, habría sonado a delirio en Masazir.

La pregunta ya no es si Sabah está a la altura de estos nombres. La verdadera cuestión es cuántas noches como la de Manchester necesitará este club joven, ambicioso y testarudo para que, la próxima vez que un balón caiga en el segundo palo, Joy-Lance Mickels —o quien sea que lleve su camiseta— no falle.