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Inglaterra gana 3-2 a México pero pierde a Henderson en el Azteca

Inglaterra firmó una de esas noches que se recuerdan durante años en el Estadio Azteca: victoria 3-2 ante México, tormenta eléctrica, una inferioridad numérica agónica… y una lesión surrealista de Jordan Henderson que puede costarle el resto del Mundial.

El equipo de Thomas Tuchel se marchó del coloso mexicano con un triunfo histórico y una preocupación enorme.

Una caída que lo cambia todo

El partido ya había terminado. El sufrimiento también. Los jugadores ingleses se acercaron a su grada para cantar “Wonderwall”, el ritual que ha seguido a todas sus victorias en este Mundial.

En ese clima de euforia, llegó el golpe más doloroso de la noche.

Henderson, que no había disputado un solo minuto del encuentro, trepó sobre las vallas publicitarias para unirse a la celebración. Al regresar al césped, perdió el equilibrio, cayó sobre el brazo y quedó tendido, claramente dolorido.

El silencio sustituyó al cántico.

Los médicos de Inglaterra acudieron de inmediato. El centrocampista fue inmovilizado y trasladado en camilla al vestuario, y de ahí al hospital para más pruebas. El temor es evidente: su Mundial podría haberse acabado en una acción tan absurda como cruel.

Thomas Tuchel, en declaraciones a ITV, no disimuló la preocupación: “Not good, not good. Jordan fell over and injured his wrist, it looks really bad”. Directo, sin rodeos.

Jude Bellingham también dejó ver la inquietud en zona mixta: “He’s in a bit of bother, but our medical team have got everything under control. Probably best for me not to say too much. We’re there to support him”. El vestuario se cierra en torno a un veterano clave en el grupo, aunque casi inédito en el torneo: solo había jugado en la fase de grupos, saliendo desde el banquillo ante Panamá, y ni siquiera participó frente a México, pese a haber sido amonestado desde la banda tras un rifirrafe mientras calentaba.

El Azteca, la tormenta y un inicio a contrapié

La noche ya había arrancado torcida. Una tormenta eléctrica retrasó el inicio del encuentro una hora. Cuando el balón por fin echó a rodar, México salió como un vendaval, empujado por una hinchada que convirtió el Azteca en una caldera.

Los locales, casi inexpugnables en este estadio —solo dos derrotas en partidos oficiales en 89 encuentros desde 1966—, olieron sangre desde el primer minuto. Presión alta, ritmo frenético, centros al área, ruido constante.

Inglaterra aguantó.

Tuchel pidió calma desde la banda y su equipo empezó a enfriar el partido, a tocar, a robar segundos al cronómetro, a desactivar poco a poco la energía mexicana.

Y entonces apareció Jude Bellingham.

Bellingham, dueño del escenario

Pasada la media hora, Bukayo Saka encontró espacio por la derecha y dibujó un centro tenso al corazón del área. Bellingham atacó el balón con una zambullida perfecta y cabeceó al fondo de la red. 0-1. El Azteca, atónito.

México apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Dos minutos después, otra vez la banda derecha, esta vez con Harry Kane bajando a recibir y poniendo un centro medido. Bellingham, de nuevo en el lugar exacto, remató para el 0-2. Golpe doble. Autoridad absoluta.

El estadio respondió a puro pulmón: cánticos de “Sí se puede”, banderas ondeando, el ruido subiendo todavía más. Y el equipo local, herido, decidió no rendirse.

Un balón parado, un barullo en el área inglesa y el duelo se encendió.

Tras una falta lateral, la defensa visitante no logró despejar con contundencia y el balón quedó suelto en el área. Julian Quinones, el más rápido en reaccionar, conectó una volea dentro del área para firmar el 1-2 y devolver a México al partido. El Azteca explotó. Inglaterra entendió que aquello iba a ser una noche larga.

La roja a Quansah y el giro del partido

La segunda parte arrancó con la misma tensión. México olía el empate. Inglaterra buscaba aire.

Y en una acción brusca, todo se complicó para los de Tuchel.

Jarell Quansah se lanzó a un reto imprudente y vio la tarjeta roja. Diez hombres. Más de media hora por delante. En el Azteca. Con México desatado.

La selección inglesa eligió entonces otro plan: abrocharse atrás, juntar líneas y esperar el momento para golpear al contraataque. Resistencia pura.

Ese momento llegó en el minuto 60.

Anthony Gordon se plantó en el área y fue derribado por el guardameta mexicano. El árbitro señaló el punto de penalti sin dudar. Kane, capitán y especialista, no tembló: ejecución fría, 1-3. Un respiro enorme para un equipo que jugaba contra el rival, contra el ambiente y contra el reloj.

Otro penalti, otra vez sufrimiento

Cuando Inglaterra parecía haber encontrado por fin un poco de oxígeno, el partido volvió a girar.

Kane, esta vez en su propia área, intentó despejar un balón y cometió penalti. Tras la revisión del VAR, el colegiado señaló de nuevo los once metros. El Azteca rugió como si fuese un gol.

Raul Jimenez asumió la responsabilidad. Carrera corta, disparo certero. 2-3. México volvía a creer.

Quedaban más de 20 minutos. Un mundo.

Resistencia al límite y un final agridulce

Desde ese momento, Inglaterra se atrincheró. Línea de cinco prácticamente sobre el área, extremos convertidos en laterales, cada despeje celebrado como un gol. México monopolizó la posesión, colgó centros, buscó segundas jugadas, empujó con todo.

Los ingleses, con uno menos, defendieron con uñas y dientes. Sin brillo, sin salida, pero con una determinación feroz. Cada minuto que pasaba era una pequeña victoria.

El pitido final sonó como una liberación. Inglaterra había firmado un triunfo monumental, el tercero que México concede en partido oficial en el Azteca desde 1966. Una noche para la historia.

Y, sin embargo, la imagen que persiste es la de Jordan Henderson sobre el césped, dolorido, mientras sus compañeros intentaban celebrar.

Inglaterra se marcha de su último partido de este Mundial en México con una victoria heroica… y una pregunta incómoda: ¿a qué precio?