Gianni Infantino: de la coronación al naufragio político
Hace menos de dos semanas, Gianni Infantino se paseaba por el césped del MetLife Stadium con la pose de quien se sabe intocable. A su lado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que gusta llamarlo el “Rey del Fútbol”. El telón caía sobre el partido número 104 del Mundial más grande de la historia, una edición presentada como éxito deportivo incontestable y como una mina de oro para las arcas del fútbol global. El presidente de la FIFA podía mirar a 2027 como a una coronación anunciada.
Hoy, esa escena parece de otra época.
En apenas unos días, Infantino ha pasado de símbolo de poder absoluto a epicentro de una fractura que ha sacudido los cimientos del fútbol mundial y ha puesto en duda incluso su continuidad en el cargo.
El plan que lo cambió todo
El error no fue menor. Infantino decidió abrir la puerta del Mundial y de todas las competiciones de FIFA a los mercados financieros. El proyecto: crear una filial, FIFA Forward Enterprise (FFE), que agrupara todos los activos que generan dinero en la casa del fútbol: organización de torneos, venta de derechos televisivos, patrocinios, entradas, hospitalidad.
Sobre esa estructura, una operación gigantesca: captar 4.200 millones de dólares vendiendo en torno al 20 por ciento de FFE, con una valoración total de 20.000 millones. El inversor ancla iba a ser Thrive Eternal, el fondo lanzado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump.
El mensaje para las 211 federaciones miembro era sencillo y brutalmente atractivo, sobre todo para las más pequeñas: 20 millones de dólares para cada una si aceptaban antes del 19 de septiembre. El doble de lo que ya tienen garantizado: 10 millones en el ciclo 2023-26, financiados en gran parte por los 15.000 millones de ingresos récord del Mundial que acaba de terminar. FIFA prometía que, bajo el paraguas de FFE, ese cheque subiría a 20 millones por federación, luego a 22 hasta 2034 y a 24 hasta 2038.
Para Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, eso es un salvavidas histórico. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el debate es otro: el control del juego y el futuro del calendario.
Ahí empezó el choque frontal.
Una rebelión casi unánime
La resistencia no tardó en organizarse. Y fue masiva.
Vicepresidentes de FIFA, altos ejecutivos, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, el grupo mundial de ligas profesionales, aficionados en todos los continentes e incluso el primer ministro británico. La oposición al proyecto de Infantino se fue extendiendo hasta dejarlo prácticamente aislado.
El golpe más contundente llegó desde Europa. UEFA anunció que sus miembros boicotearían todas las competiciones de FIFA si el plan seguía adelante. No es un desafío menor: las selecciones y clubes europeos dominan el palmarés y los ingresos de los grandes torneos de FIFA, desde el Mundial masculino hasta el Mundial de Clubes. Sin Europa, el negocio se desmorona.
El temor era claro. La entrada de capital privado implicaría una presión constante para exprimir el producto: más partidos, más torneos, más ventanas comerciales. Todo ello en un ecosistema ya saturado, con calendarios al límite, futbolistas al borde del colapso físico y un mercado de derechos televisivos que no puede crecer indefinidamente. El riesgo para la Champions League y para las grandes ligas nacionales era evidente.
La indignación se multiplicó cuando trascendió que Infantino había cocinado el proyecto casi en solitario, sin un proceso real de consulta con las partes afectadas, mientras invertía buena parte de su tiempo político en fortalecer su relación con el entorno de Trump. El propio Trump admitió el viernes que no había hablado con el presidente de FIFA sobre la idea de vender participaciones del Mundial.
El terremoto se sintió también dentro de la casa. Carlos Cordeiro, asesor sénior de Infantino y exbanquero de Goldman Sachs, dimitió con estruendo, calificando la operación como un mal negocio. Kevin Lamour, director de operaciones de FIFA, emitió una declaración durísima defendiendo a sus colegas y dejando a su jefe en una posición casi insostenible.
Infantino, que hace apenas unos días había abandonado Nueva York con cartas de apoyo para su reelección firmadas por unas 200 federaciones, se encontró de repente casi sin aliados visibles.
La marcha atrás
La presión fue insoportable. El viernes, Infantino se vio obligado a frenar en seco.
“Tras escuchar atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, con independencia del nivel de apoyo, ya no responde al interés del objetivo fijado en un principio”, afirmó en un comunicado.
Era la rendición pública a una batalla que había perdido en todos los frentes. Pero la pregunta inmediata se impone: ¿basta con enterrar el plan para salvar la presidencia?
Ni siquiera está claro cuántos de aquellos 200 apoyos escritos siguen vigentes hoy. La retirada del proyecto no borra el hecho de que Infantino intentó vender una parte del Mundial y de las competiciones de FIFA a inversores privados sin un consenso mínimo y contra la voluntad declarada de los actores que más valor aportan al producto.
Los equilibrios de poder, en juego
No todo el mapa estaba en contra. Su base tradicional en África, 54 votos clave en cualquier elección, se mantenía en una posición de prudente neutralidad ante la promesa de dinero transformador para muchas federaciones sin recursos. En Sudamérica, la CONMEBOL, con 10 miembros, admitió haber recibido la propuesta y anunció que la analizaría “con el rigor que exige”.
Su presidente, Alejandro Domínguez, también vicepresidente de FIFA, tiene sus propias expectativas puestas en Infantino: la ampliación del Mundial 2030 a 64 selecciones. Esa expansión daría más partidos a las sedes sudamericanas minoritarias —Argentina, Paraguay y Uruguay—, que por ahora solo tienen garantizado un encuentro cada una de los 104 programados. El resto se jugará en España, Portugal y Marruecos.
El tablero electoral es complejo. Para ganar un eventual duelo en las urnas harían falta 106 votos. Ninguna confederación vota en bloque de forma monolítica, pero una alianza amplia de Europa (55 miembros), CONCACAF (35) y Asia (46) formaría una base muy sólida contra Infantino si la rebelión se consolida.
La fecha límite para registrar candidaturas a la presidencia es el 18 de noviembre. Cuatro meses después, el 19 de marzo, se celebrará el congreso electoral en Rabat, Marruecos, donde FIFA tiene su sede africana. Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 (París) y 2023 (Kigali). Sus propios estatutos le permiten un mandato más de cuatro años.
Hasta esta semana, cualquier especulación sobre un rival serio sonaba a ejercicio de imaginación.
Ya no.
¿Quién se atreve a desafiar al “Rey”?
Los nombres circulan desde hace tiempo en los pasillos del fútbol internacional, casi siempre en voz baja. El presidente de Paris Saint-Germain, el catarí Nasser Al-Khelaifi, aparece de forma recurrente en las quinielas. También el canadiense Victor Montagliani, vicepresidente de FIFA y figura influyente en CONCACAF.
Otro candidato potencial es Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y veterano dirigente de Bahréin, que ya perdió por un margen estrecho ante Infantino en las elecciones de 2016. Podría ver ahora una ventana de oportunidad que antes no existía.
El proyecto FFE añadía una capa más de sospecha: para muchos, parecía la vía para que Infantino se garantizara un rol ejecutivo tipo “comisionado” más allá de 2031, con un salario muy superior a los más de seis millones de dólares anuales que percibe hoy entre sueldo y bonus. Una estructura paralela que, de haber prosperado, habría extendido su influencia mucho después de su último mandato formal.
La revuelta ha cortado de raíz esa posibilidad. Pero ha dejado tras de sí una pregunta que ya no es tabú dentro de FIFA ni en las confederaciones: ¿tiene Infantino la credibilidad necesaria para seguir gobernando el fútbol mundial?
Un poder que ya no parece absoluto
El episodio ha cristalizado años de malestar con su estilo de liderazgo y con sus intentos reiterados de forzar proyectos impopulares. Esta vez, el choque con las ligas, las federaciones y su propia estructura interna ha sido demasiado fuerte como para maquillarlo.
La oposición ha demostrado que puede frenar al presidente cuando percibe que se traspasan ciertas líneas rojas: la venta parcial del Mundial, la joya de la corona, a capital privado. Europa ha enseñado su músculo, las confederaciones han perdido el miedo a alzar la voz y los altos cargos de FIFA han dejado claro que no están dispuestos a cargar con las consecuencias de decisiones que no comparten.
Infantino sigue en el despacho más poderoso del fútbol. Pero ya no es el monarca indiscutido que cruzaba el césped del MetLife Stadium junto a Trump bajo la luz de los focos.
La próxima vez que intente caminar hacia un trofeo, ¿cuántos seguirán a su lado?
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