Francia se despide del Mundial: El fin de una era con Deschamps
ARLINGTON, Texas -- Y se acabó. Se acabó para Francia, para una generación que llegó a este Mundial como favorita, que defendió ese cartel durante semanas y que, en la tarde texana del martes, se desplomó en el enorme coliseo de Jerry Jones en cuanto fue por detrás en el marcador por primera vez en el torneo. España ganó 2-0, con autoridad, sin necesidad de gestas heroicas. Francia nunca se levantó.
También se acabó para Didier Deschamps. Catorce años, 184 partidos, tres finales de grandes torneos (dos Mundiales y una Eurocopa), más una UEFA Nations League. Una era completa. Una era que termina con una sensación amarga: la de un equipo que tenía más talento que nadie… y que se despidió sin carácter, sin respuesta, sin plan.
La caída del favorito
Francia llegó a este Mundial con la etiqueta de selección más completa de arriba abajo. Línea por línea, nombre por nombre, no había nadie que le igualara. Perder contra España, que no anda tan lejos en calidad, entra dentro de lo posible. Lo intolerable para muchos aficionados franceses es la forma: una actuación pálida, blanda, superada en todos los aspectos del juego.
Durante 64 minutos, el temido frente ofensivo de Les Bleus produjo 0.04 de xG. Casi nada. Un dato que retrata la impotencia. Kylian Mbappé, Michael Olise, Bradley Barcola, Antoine Griezmann: nombres que asustan sobre el papel, irrelevantes sobre el césped. España les negó la pelota y les negó el espacio. Sin balón y sin metros para correr, Francia se quedó sin armas. Olise, por ejemplo, pasó de ser un talento diferencial a poco más que un figurante.
El problema no fue una sorpresa. Se sabía lo que iba a proponer España. Luis de la Fuente no engaña: posesión, circulación paciente, superioridad en el centro del campo, ataques trabajados. La gran incógnita era Francia. ¿Se adaptaría? ¿Sumaría un centrocampista más para equilibrar el dos contra tres que Mbappé había señalado públicamente? ¿Apostaría por un plan agresivo de presión? ¿O se miraría al espejo y diría: “que se adapten ellos a nosotros”?
Deschamps eligió lo segundo. Y lo pagó caro.
Deschamps, prisionero de su propio método
La decisión encaja con lo que ha sido su carrera en el banquillo: confiar en el talento, mantener el vestuario unido, no complicar el libreto táctico, dejar que los grandes jugadores resuelvan. Le funcionó como futbolista, cuando levantó el Mundial de 1998 junto a Zinedine Zidane, Patrick Vieira o Thierry Henry. Le funcionó como seleccionador en 2018 y casi le da otro título en 2022, cuando se quedó a una ocasión de Randal Kolo Muani de convertirse en el segundo técnico de la historia con dos Mundiales.
Esta vez, el mismo método se volvió contra él.
Cuando el rival te arrebata el balón y te ahoga los espacios, el plan de “salid ahí y ganad el partido” se queda desnudo. Ahí es donde un seleccionador tiene que ajustar, alterar la estructura, tocar las teclas que cambian el guion. Y ahí, precisamente ahí, Deschamps nunca ha sido brillante.
Sus cambios en Arlington fueron tan previsibles como inofensivos: Manu Koné, más dotado para la circulación, por Adrien Rabiot; Désiré Doué por Barcola. Sustituciones lógicas, casi automáticas, que no alteraron la naturaleza del duelo. Como escribir con el texto predictivo del móvil: familiar, reconocible… e incapaz de sorprender a nadie.
En un buen día, esa fidelidad al plan da estabilidad. En una noche como la del martes, solo alargó la agonía.
Su lealtad a ciertos jugadores, con Rabiot en primera línea, también mostró las dos caras de la moneda. Igual que la apuesta sostenida por Olise, pese a que el partido se le caía de las manos. Las mismas herramientas que cimentaron un palmarés envidiable acabaron siendo el filo que cortó su última oportunidad con la selección más talentosa que ha dirigido.
Y mientras tanto, al otro lado, Luis de la Fuente completaba su particular triplete frente a Deschamps: semifinal de la Euro 2024, Nations League 2025 (aquella noche loca en la que España llegó a ir 5-1 y terminó 5-4) y ahora este Mundial. El técnico español se ha convertido en una especie de kriptonita calva, barbada y con gafas para el ya exseleccionador francés. Cada vez que se cruzaron, Francia ofreció menos.
El horizonte Zidane
La pregunta se impone sola: ¿será diferente con Zidane?
El currículum impresiona: tres Champions League, dos títulos de LaLiga. Pero también hay matices. No entrena desde hace cinco años y su último título data de 2020. Toda su experiencia en los banquillos se reduce a un único club, Real Madrid, un ecosistema tan particular que cuesta compararlo con cualquier otro trabajo del fútbol.
En el Bernabéu gestionó egos gigantescos, convivió con la presión diaria más feroz y demostró una enorme capacidad para motivar y pulsar el botón justo en el momento justo. En el fútbol de selecciones, el escenario es otro. No hay mercado para pedir un fichaje si un jugador no encaja. No hay entrenamientos diarios para moldear automatismos. Hay ventanas breves, listas limitadas y la obligación de exprimir al máximo lo que tienes.
Zidane, además, nunca fue un fanático de las pizarras recargadas. Su fútbol en el Real Madrid se apoyó en estructuras claras, sí, pero sin excesos de laboratorio. Su pasado como compañero de Deschamps en Francia y Juventus alimenta la idea de que, en lo esencial, puede parecerse mucho a su predecesor.
Eso no tiene por qué ser negativo. El problema no es el modelo en sí, sino la incapacidad para leer cuándo hace falta algo más. Zidane deberá recorrer esa curva de aprendizaje más rápido que Deschamps. Entender que hay noches, como la de Arlington, en las que no basta con alinear a los mejores y recordarles que son mejores. Hay partidos en los que el equilibrio pesa más que el brillo, en los que el rival no solo quiere sobrevivir, sino desmontarte.
Él lo sabe mejor que nadie. Ganó un Mundial con Stéphane Guivarc’h como delantero centro. Un equipo construido desde el bloque, no desde la estrella en cada posición. Curiosamente, Deschamps también estaba en aquel vestuario.
La gran lección de esta eliminación, si Zidane estaba mirando, es nítida: el colectivo bien armado puede imponerse al talento individual, sobre todo cuando la diferencia técnica no es abismal. España lo demostró con una claridad casi cruel.
Ahora, Zidane heredará una de las reservas de talento ofensivo más profundas del planeta. Con tiempo, con una generación en plenitud y con el listón altísimo que deja Deschamps. Si solo iguala los éxitos de su antiguo compañero, ya será un triunfo. Pero la sensación, después de lo ocurrido en Texas, es que a Francia no le bastará con repetir. Querrá algo más: una selección que no solo gane, sino que sepa qué hacer cuando el partido le niega el balón y el espacio.
Ahí empieza, de verdad, la era Zidane.
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