Egipto logra su primera victoria en eliminación directa de Copa del Mundo
ARLINGTON, Texas — Mohamed Salah no sabe todavía si habrá otro Mundial en su carrera. Pero ya tiene algo que nadie le podrá quitar: fue el capitán de la primera victoria de Egipto en una fase eliminatoria de Copa del Mundo.
En un estadio repleto, convertido por una noche en una marea roja, los Faraones derribaron su propio muro histórico. Empataron 1-1 ante Australia y se impusieron 4-2 en la tanda de penaltis, en un duelo cargado de tensión, errores y redención.
Un cabezazo que abrió el camino
Egipto entró al partido con decisión y pegó pronto. Minuto 13. Centro desde la derecha, lectura perfecta del espacio y Emam Ashour atacó el primer palo con furia. Su cabezazo, seco, cruzado, sorprendió a Patrick Beach en el poste cercano. Ventaja temprana, grito liberador en la grada.
Australia tardó en reaccionar. Le costó generar ocasiones limpias ante un bloque egipcio compacto, serio, que se protegía también en torno a un Salah que, con 34 años y un isquio tocado, seguía pidiendo cada balón como si fuera el último de su carrera.
El guion, sin embargo, iba a girar en torno a otro nombre.
La noche cruel de Mohamed Hany
Mohamed Hany ya arrastraba una pesada etiqueta: primer jugador en marcarse un autogol en este Mundial con Egipto. Lo había hecho ante Bélgica en la fase de grupos. En Arlington, el destino decidió cebarse de nuevo con él.
Antes del desastre, el lateral vivió un susto serio. Chocó con Connor Metcalfe en un balón aéreo, cayó mal y quedó tendido cerca del área. Entraron las asistencias, apareció la camilla. Parecía fuera. Pero se levantó, superó lo que aparentó ser un chequeo por posible conmoción y pidió seguir.
Menos de diez minutos después, llegó el castigo.
Minuto 55. Falta lateral a favor de Australia, ejecutada por Aiden O’Neill desde la izquierda del área. El envío iba tenso, peligroso. Hany, en su intento por despejar, conectó un cabezazo perfecto… hacia su propia portería. Mostafa Shoubir no tuvo opción. Segundo autogol en el mismo Mundial. Una marca que nadie quiere.
Australia celebró, pero lo hizo con un punto de incredulidad. Egipto quedó tocado, no hundido.
Salah, entero pese a todo
Con el marcador igualado, el partido se partió. Omar Marmoush tuvo en sus botas el 2-0 nada más arrancar la segunda parte, antes del autogol, con un disparo franco que se marchó desviado. Más tarde, ya cerca del final del tiempo reglamentario, Ramy Rabia obligó a Beach a una estirada espectacular con un cabezazo que parecía gol.
Salah, siempre Salah, apareció entre líneas, giró, probó, buscó. En la recta final del tiempo regular, el capitán dispuso de una ocasión clara, pero su remate fue sencillo para Beach. Jugó cada minuto, tanto del tiempo reglamentario como de la prórroga, con el músculo resentido, pero sin una sola concesión al dolor.
Egipto también rozó el triunfo en los últimos instantes del segundo tiempo. Haissem Hassan se plantó con opción de disparo, pero Harry Souttar se cruzó providencial, desviando con la rodilla un tiro que llevaba destino de historia anticipada.
El cambio en la portería y la ruleta rusa
La prórroga no cambió el marcador. Sí cambió un detalle clave. Tony Popovic decidió mover ficha en el tramo final del tiempo extra: sacó del campo a Beach, de 22 años y protagonista de varias intervenciones de mérito, para dar entrada a Mathew Ryan, de 34 años, en su partido número 105 con la selección.
La apuesta fue clara: experiencia para la tanda.
No funcionó.
En los penaltis, Ryan no detuvo ninguno de los cuatro lanzamientos egipcios. Egipto, en cambio, supo manejar el pulso desde el punto fatídico.
Harry Souttar abrió la serie para Australia con un disparo alto, muy por encima del larguero. Un comienzo nefasto. Egipto respondió con calma: Mahmoud Saber convirtió el primero. Jackson Irvine mantuvo con vida a los Socceroos, pero Ramy Rabia volvió a adelantar a los africanos.
Salah, con la serenidad de quien ha vivido todas las noches posibles en el fútbol europeo, ejecutó el suyo sin titubeos. Gol. El capitán sostuvo la mirada, contuvo el gesto, mientras el ruido caía desde la grada.
Awer Mabil acertó para Australia. Pero el margen seguía del lado egipcio.
Entonces apareció el poste. El cuarto lanzamiento australiano, en botas del joven Lucas Herrington, de 18 años, se estrelló con violencia en el travesaño. El silencio fue instantáneo. La puerta quedó abierta para un héroe inesperado.
Abdelmaguid, el defensor que escribió la historia
Hossam Abdelmaguid, 25 años, 15 partidos con la selección absoluta y ni un solo gol con Egipto. Hasta hoy.
Se plantó frente al balón con el estadio conteniendo la respiración. Carrera corta, mirada fija. Disparo raso, ajustado, a la izquierda. Ryan se lanzó al lado contrario. La red se infló y, con ella, estalló una celebración desatada entre los 70.244 aficionados presentes en la casa de Dallas Cowboys, muchos de ellos envueltos en rojo, cantando, llorando, abrazándose con desconocidos.
Egipto, en su cuarto Mundial y el primero con formato ampliado a 48 selecciones, había conseguido por fin lo que nunca había logrado: ganar un partido de eliminación directa. Un país entero, pegado a las pantallas, encontraba por fin una noche de Mundial que no acababa en decepción.
Hossam Hassan, desde la banda, lo vivió con la intensidad que siempre le acompañó como futbolista. Después, explicó que durante toda la tanda no pensaba en otra cosa que en su gente, en los aficionados, en hacerlos felices. Antes de cada penalti, repetía el mismo mensaje a sus jugadores: liberar la mente, olvidar la presión, concentrarse solo en el golpeo.
Sus hombres le hicieron caso.
La otra cara: el dolor australiano
Para Australia, la historia vuelve a escribirse desde el lado amargo. Tres veces ha pisado las rondas de eliminación en un Mundial. Tres veces ha caído. Ante Italia en 2006, ante Argentina en 2022, ahora ante Egipto. Sus únicos goles en estas instancias, paradójicamente, han llegado en forma de autogoles rivales.
Popovic lo resumió con crudeza: duele caer tan cerca, duele hacerlo en penaltis. Y más cuando el plan, con el cambio de portero, parecía diseñado para sobrevivir precisamente a ese escenario.
No hubo milagro esta vez.
Un gigante herido que sigue soñando
Mientras el debate sobre el futuro de Salah con la selección se irá calentando en los próximos meses, el presente de Egipto es demasiado grande como para mirarlo de reojo. El equipo se ha quitado de encima una losa histórica y ahora se planta en octavos de final con la moral disparada.
El próximo desafío no será menor: el martes, en Atlanta, espera el vigente campeón del mundo, Argentina, o la sorprendente Cabo Verde. Otro tipo de examen, otro tipo de presión.
Pero algo ha cambiado. Egipto ya sabe lo que es ganar cuando no hay red debajo. Ya sabe lo que es sobrevivir a un autogol cruel, a la angustia de una tanda, a la sombra de su propia historia.
Con Salah aún al mando y un grupo que se ha demostrado capaz de sufrir y responder, la pregunta ya no es si Egipto puede competir en estas alturas.
La pregunta, ahora, es hasta dónde se atreve a llegar.
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