Australia vs Estados Unidos: La batalla en el Golden Barley
En el Golden Barley de Enmore, en Sídney, la mañana empezó como una fiesta de barrio: cánticos, abucheos y cervezas al ritmo de los Socceroos. Cada aparición de Mauricio Pochettino en la pantalla grande desataba una oleada de silbidos. El vuelo militar previo al inicio, aún más bronca. Ruido, color y rabia.
Hasta que cayó el primer gol de Estados Unidos.
Cameron Burgess marcó temprano y el bar quedó mudo. De golpe. De poder oírse una banda entera, a poder oír caer un alfiler. El golpe anímico fue tan fuerte como el futbolístico: posesión abrumadora de la selección estadounidense y una sensación de impotencia que se fue instalando entre los aficionados australianos.
La tensión subió otro escalón con el segundo tanto de Estados Unidos, precedido por una decisión arbitral que, si uno escucha a la hinchada, fue poco menos que un escándalo. Murmullos, insultos, cabezas sacudiéndose frente a las pantallas. Un aficionado, derrotado, amenazó con irse a casa antes del descanso.
Pero el entretiempo trajo una tregua y un ritual: más pintas, más “party pies”, una pasada rápida por el baño y un pacto silencioso de resistencia. Nadie en el Golden Barley está listo para abandonar a sus Socceroos. Quedan 45 minutos y, sobre todo, queda el nombre que todos esperan: Nestory Irankunda.
“Todavía no se terminó”, lanza un hincha al aire. Consejo aceptado. Se juega hasta el final.
Ajustes, calor y esperanza
En el césped, Tony Popovic mueve el banco con decisión. Entran Nestory Irankunda y Connor Metcalfe, héroes del fin de semana pasado, junto a Jason Geria. Se retiran Toure, Velupillay y el propio Burgess. Mathew Leckie se corre a la banda izquierda y Metcalfe ocupa su lugar por la derecha. Señales claras: Australia necesita piernas frescas y algo distinto arriba.
Paul Okon, asistente de los Socceroos, no maquilla el problema al hablar con SBS: encajar tan pronto complicó todo. El calor aprieta, el equipo sufre para subir la línea defensiva y presionar la salida rival. Falta aire, falta altura en el bloque, falta mordida.
El mensaje interno, sin embargo, es tajante: nada de perder la estructura ni de correr como locos detrás del balón. Bloque compacto, cabeza fría y, cuando aparezca la oportunidad, atacar con la energía de esas piernas nuevas. La apuesta del cuerpo técnico es clara: que la velocidad de los recién ingresados pueda lastimar cuando Australia recupere la pelota.
Fed Square: lluvia, madrugada y fe
A casi 900 kilómetros, otra escena de devoción futbolera se escribe en Melbourne. En Federation Square, los hinchas hicieron fila desde las 2 de la madrugada para asegurarse un lugar. Lluvia persistente, marcador adverso, dominio estadounidense… y aun así, ambiente de festival.
Hay bengalas ocasionales, pelotas playeras rebotando sobre las cabezas, un mar de verde y dorado. Entre ellos, Mel, con camiseta de los Socceroos y un disfraz en el que parece llevar a Donald Trump a caballito. Dos décadas viniendo a ver fútbol a Fed Square le dan autoridad para responder sin dudar cuando le preguntan quién gana: “Aussies, por supuesto”.
Para Madison Cambora es todo nuevo: primera vez levantándose en plena madrugada para llegar al lugar. Lo considera un precio justo por vivir esta atmósfera, aunque el marcador duela. “Espero que remonten”, confiesa. “Estoy esperando cosas buenas, pero no pinta bien”.
Superioridad total de Estados Unidos
En la cancha, la historia es cruda. Estados Unidos domina todos los aspectos del juego. Gana los duelos físicos, impone su fortaleza mental, marca la diferencia técnica. Cada balón dividido cae a sus pies. Cada error australiano parece forzado por la presión rival.
La selección de Pochettino luce sólida, confiada, casi imperturbable. Para el equipo de Popovic, el camino de regreso se ve estrecho, empinado, lleno de trampas. Australia está obligada a adelantar líneas y atacar en la segunda parte, pero esa necesidad puede convertirse en el escenario perfecto para que Estados Unidos remate el partido a la contra.
En este contexto, el ingreso de Nestory Irankunda deja de ser un simple deseo de la hinchada y se convierte en una urgencia táctica. Al menos, Australia necesita que el joven desequilibrante obligue a la defensa estadounidense a mirar hacia atrás, a preocuparse por algo. Porque, hasta ahora, Estados Unidos juega sin sobresaltos.
En Sídney y en Melbourne, entre pintas, ponchos y banderas empapadas, la fe sigue en pie. Pero el reloj corre, el calor aprieta, la lluvia no afloja y el rival no concede nada. La pregunta ya no es solo si los Socceroos pueden reaccionar, sino cuánto tiempo más podrán sostener la esperanza ante una selección estadounidense que, por ahora, no muestra grietas.
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