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Ashley Young: El adiós de una leyenda del Manchester United

Ashley Young, leyenda de Manchester United, se ha quitado la coraza. Apenas semanas después de anunciar su retirada, el exinternacional inglés ha confesado que necesita una prótesis de cadera. Un final crudo para una carrera de 23 años que se cerró en Ipswich Town, donde puso el hombro —y la cadera— en el histórico ascenso a la Premier League.

El día en que el cuerpo dijo basta

Young contó en el High Performance Podcast el punto de inflexión. Noviembre. Un golpe en la cadera. Una inyección para aguantar.

«Caí sobre la cadera en noviembre y me pusieron una inyección», relató. Y añadió que siempre se había marcado una línea roja muy clara: si el cuerpo le pedía inyecciones para soportar el dolor, había un problema serio. Era la señal de que había que empezar a pensar en la retirada.

El diagnóstico fue directo: necesitaba un reemplazo de cadera. En noviembre le dijeron que probablemente lo requeriría en unos diez años. Pero el calendario se aceleró. En enero ya estaba programada otra inyección, la que debía llevarle cojeando hasta final de temporada. Young, sin embargo, solo pensaba en el vestuario.

Quiso exprimir cada minuto: «Sabía que dolía, pero quería asegurarme de que hacía todo lo posible por ayudar al equipo», explicó al especialista.

El golpe definitivo en Ipswich

La situación se torció en un escenario tan rutinario como cruel: un entrenamiento con Ipswich Town. El veterano, que disputó 15 partidos en todas las competiciones en la campaña del ascenso, sintió al instante que algo había cambiado.

«Una semana antes de la inyección, caigo otra vez en el entrenamiento y pienso: “Esto es peor, sé que es mucho peor”», recordó.

No era una sensación pasajera. La cadera empezó a marcar los tiempos de su vida diaria y de su carrera. El dolor se disparó hasta el punto de impedirle entrenar durante casi tres meses. Para cualquiera habría sido el punto final. Para Young, solo otro obstáculo que intentar derribar.

De enero a final de temporada, el día a día fue una batalla. «Literalmente tuve dos o tres meses en los que no podía entrenar, el dolor era así de fuerte», confesó. Volvió al especialista con una idea fija: «No voy a irme así».

Negarse a rendirse

Young se negó a aceptar una retirada dictada por un parte médico. Quiso escuchar la verdad, sin anestesia, pero también dejar clara su postura.

«Le pregunté: “¿Me estás diciendo que no puedo volver a jugar al fútbol? Puedes decirlo si quieres. Confía en mí, si tengo la oportunidad de volver al césped, volveré”», recordó sobre su conversación con los médicos.

No llegó a pisar el campo en el último partido de la temporada, pero su influencia no se midió solo en minutos de juego. Mientras el cuerpo pedía tregua, el carácter se mantuvo en modo competición.

En los dos últimos meses del curso, Young volvió a entrenar a diario, desafiando tanto al dolor como a las recomendaciones. «Estaba entrenando todos los días y él me decía: “No es posible, no deberías estar entrenando”», contó sobre las advertencias del especialista.

No hubo aparición simbólica en el tramo final, ni ovación con botas puestas. Lo que sí hubo fue algo que para él tuvo un peso especial: estar ahí, en el césped de entrenamiento, empujando al grupo hasta el último día.

«Habría sido increíble salir al campo en el último partido de la temporada, pero para mí, entrenar como lo hice esa semana y que nos ascendiéramos en la última jornada fue algo muy adecuado», admitió.

Ashley Young se marcha sabiendo que la cadera ya no le permite competir, pero también con la certeza de haber apurado hasta el último segundo. No se rindió en el quirófano ni en la camilla. Eligió despedirse como siempre jugó: a contracorriente, con dolor, pero de pie.