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El viaje imposible de Irak al Mundial: 40 años después

El viaje imposible de Irak: 40 años después, el Mundial

En un fútbol de vuelos chárter, hoteles de cinco estrellas y recuperaciones monitorizadas al segundo, la clasificación de Irak para su primer Mundial en 40 años nació en carreteras destrozadas, noches sin dormir y una guerra de fondo.

No hubo nada normal en este camino.

Carreteras, guerra y un vuelo interminable

Para llegar al partido decisivo de repesca en Monterrey, México, primero había que salir de Irak. Y eso, con el país arrastrado por la guerra en Oriente Medio y el espacio aéreo cerrado, era casi una misión imposible.

“Tenían que viajar desde distintas ciudades a Bagdad en coche o autobús”, cuenta René Meulensteen, asistente del seleccionador Graham Arnold. “Algunos de esos trayectos duraban hasta ocho horas. Luego, desde Bagdad viajaron unas 15 horas por carreteras llenas de baches hasta Ammán, en Jordania, donde aún operaban algunos vuelos. Los otros jugadores que estaban en Asia fueron por su cuenta a Ammán para poder salir todos juntos”.

Desde allí, el plan de la FIFA: un chárter privado. Sobre el papel, un alivio. En la práctica, otro obstáculo. Nueve horas de retraso en el aeropuerto. Después, ocho horas de vuelo hasta Lisboa, dos horas de escala y otras 12 horas hasta México.

Todo eso para jugar, como define Meulensteen, “el partido más importante de sus vidas”.

Y aun así, llegaron con margen para recuperar algo de energía. Lo suficiente para imponerse 2-1 a Bolivia y sellar el último billete al Mundial, en un estadio con un ambiente que sorprendió a todos.

“Todas las entradas que quedaban se dieron a aficionados mexicanos, así que había muchísimos, junto a un gran grupo de iraquíes que viven en Estados Unidos”, explica el técnico neerlandés.

México, el círculo que se cierra

El escenario tenía algo de destino. Monterrey, México, como si la historia quisiera cerrar un círculo abierto cuatro décadas atrás.

“Les dijimos a los jugadores: ‘Tomad conciencia del viaje que hemos hecho para llegar hasta aquí y pensad que quizá este partido tenía que ser aquí, porque la anterior participación de Irak en un Mundial fue en México’”.

En Bagdad, cuando el balón rodaba en Monterrey, era de madrugada. Pero el país no dormía. “Fue una auténtica locura en Bagdad”, recuerda Meulensteen, que recibió vídeos de las celebraciones. “Toda la nación llevaba tiempo ansiando algo que celebrar y esto da a la gente una enorme inyección de energía y esperanza. Se nota de verdad el orgullo; hay un ambiente de optimismo genuino”.

No es la primera vez que el fútbol iraquí se convierte en punto de encuentro en medio del caos. Están el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, con victoria incluida sobre la Portugal de Cristiano Ronaldo, y la conquista de la Copa de Asia 2007, un título que, aunque fuera por un momento, unió a un país desgarrado por la guerra civil. También el Mundial de 1986 y aquellos Juegos de 2004 llegaron entre explosiones y tensión.

“Irak sigue siendo un país que siente de verdad las secuelas de la segunda guerra del Golfo”, apunta Meulensteen. “Se ve en las ciudades. Se están recuperando, pero a nivel logístico y organizativo no se puede comparar con Dubái o con sitios de Arabia Saudí”.

Y, sin embargo, en medio de esa realidad dura, el día a día de la selección tiene luz. “Deberíais oírlos en el autobús camino del entrenamiento o de los partidos, cantando y escuchando música. Es absolutamente brillante”, dice, casi con orgullo.

Un grupo brutal y la carta sorpresa

El premio de tanto sufrimiento no es precisamente un camino de rosas. Irak ha caído en uno de los grupos más duros del Mundial: Francia, Senegal y Noruega.

“Es como Manchester United contra Grimsby”, suelta Meulensteen, tirando de una comparación que en Inglaterra se entiende al vuelo. Pero recuerda algo importante: Grimsby ganó ese duelo el pasado agosto. Y él no ha venido a este Mundial para hacer turismo.

Su plan es repetir la fórmula que ya funcionó con Australia en la última Copa del Mundo, también con Arnold en el banquillo. Entonces tuvieron a Francia, Dinamarca y Túnez en la fase de grupos. Tampoco les daban opciones.

“No nos daban muchas posibilidades de pasar”, rememora. “Pero ahí está nuestra mayor fortaleza: el elemento sorpresa”.

Australia derrotó a Dinamarca y Túnez y obligó a Argentina a sufrir de verdad en octavos. Esa experiencia, ese saber competir sin complejos, es el modelo que pretende trasladar ahora a Irak.

La plantilla mezcla futbolistas nacidos en el país con otros de ascendencia iraquí repartidos por el mundo. No todos hablan árabe, pero Meulensteen se maneja en un nivel intermedio que arrastra desde sus primeros años como entrenador en Catar. Para mudarse allí en 1993 tuvo incluso que casarse con su novia: vivir juntos sin estar casados no estaba permitido.

De Carrington a Bagdad: la escuela Ferguson

El viaje de Meulensteen hasta este banquillo también merece capítulo propio. Llegó a Manchester United ocho años después de su etapa en Catar, gracias al director de la academia, Lee Kershaw, y a una recomendación de Dave Mackay, que lo había conocido cuando dirigía a la sub-17 catarí.

Primero trabajó en la cantera. Luego empezó a encargarse de sesiones individuales con jugadores del primer equipo. Ese rol se disparó en 2007, tras un breve paso como entrenador principal del Brøndby. Ahí se acercó como pocos a Cristiano Ronaldo.

“Tuve varias sesiones con él dentro y fuera del campo, usando vídeos para mostrarle ciertas cosas”, cuenta. El foco estaba claro: los detalles que convierten ocasiones en goles. “Nos centramos en los aspectos clave de la definición, dividiendo el área en zonas para que tomara conciencia de su posición, del tipo de centros que llegaban y del mejor remate para cada situación”.

El mensaje era contundente: menos artificio, más colmillo. “Le dije que todo consistía en ser lo más imprevisible posible, variar su juego… Con los años, lo dominó a la perfección”.

Lo que más le impresionó no fue un regate, sino una obsesión. “Lo que realmente destacaba en Cristiano era su ansia de perfección. Y sigue siendo así”. En Carrington, el portugués se quedaba después de entrenar en una jaula vallada con tableros de rebote. “A menudo entraba ahí solo otros 10 o 15 minutos. También le enseñé ejercicios usando esos tableros para controlar el balón de formas diferentes y creativas. Le encantaba”.

Todo el trabajo de aquella temporada, las sesiones en el césped y las charlas, Meulensteen lo condensó en un DVD. “Básicamente era una presentación con vídeos, en la que también explicaba la importancia de fijar objetivos, cómo la gente con metas claras tiene mucho más éxito que quien no las tiene”.

Al inicio de la 2007-08, después de los 23 goles de Cristiano el curso anterior, Meulensteen le lanzó un reto. “Le pregunté cuál era su objetivo para la temporada. Dijo 30. ‘¿Y por qué no 40?’, le respondí”. Ronaldo aceptó. Cerró el año con 42 tantos y el United levantó Premier League y Champions League.

En el verano de 2008, Meulensteen fue promovido a entrenador del primer equipo, responsable de diseñar y dirigir las sesiones. Ahí apareció, en tres hojas de rotafolio, la esencia de Sir Alex Ferguson.

“Sir Alex me explicó en tres páginas cómo creía que debía jugar Manchester United. Y eso se convirtió en el sistema de navegación para diseñar todos los entrenamientos”. Había principios defensivos y ofensivos. Pero la tercera hoja era la que Ferguson consideraba sagrada. “Dijo: ‘Cuando ataquemos, quiero hacerlo con ritmo, potencia, penetración e imprevisibilidad. Y quiero que apliques esas cuatro cosas en cada sesión de entrenamiento de alguna manera’”.

Cuando uno repasa aquella época dorada del United, esos cuatro pilares saltan a la vista.

Palabras que construyen futbolistas

Desde que salió de Old Trafford en 2013, Meulensteen ha pasado por Fulham, Estados Unidos, Israel, India y la selección de Australia. Un mapa variado que le ha dado algo más que sellos en el pasaporte: experiencia para manejar egos, miedos y dudas.

“Si sienten miedo, les pido que le den forma. ¿Qué es exactamente ese miedo?”, explica. A veces es el temor a las consecuencias de no ganar. Y ahí, el control es limitado. “No siempre puedes controlar todo lo que te viene a la cabeza, lo que ves o lo que oyes. Pero les animo a centrarse en lo que quieren, en sus deseos: jugar bien, marcar un gol o llegar al Mundial”.

Su filosofía no pasa por desmontar al jugador, sino por construir sobre lo que ya tiene. Les pide que “añadan” cosas a su juego, no que lo cambien por completo.

Ferguson también entendía el peso de las palabras. “Siempre decía que las dos palabras más importantes en el entrenamiento son: bien hecho”, recuerda Meulensteen. Al final de muchas sesiones, el escocés se acercaba, le daba una palmada en el hombro y repetía justamente eso.

De esas rutinas nació una relación fuerte. “Es un gran narrador y tiene intereses muy amplios. Lee mucho y sabe muchísimo de política e historia. Está absolutamente fascinado por la guerra civil estadounidense; sabe una barbaridad. Pero también de cine, actores y actrices, lo que quieras. Era increíblemente completo”.

En los desplazamientos con el United, en autobús o en tren, mataban el tiempo con “Who Wants to Be a Millionaire?” en el iPad de Meulensteen. “La cantidad de veces que llegamos hasta el final es increíble. Sabía cosas que yo jamás habría sabido”.

De vez en cuando todavía se ven para tomar un té. “Nos sentamos una hora y media, dos horas, y el tiempo vuela. Es fantástico”. Aquellos años en Manchester, dice, fueron un “periodo precioso” de su vida.

Ahora, en otro contexto, con otro tipo de presión, busca escribir un capítulo igual de memorable.

El escenario ya está montado: un país marcado por la guerra, un grupo letal con Francia, Senegal y Noruega, y una selección que ha aprendido a vivir del elemento sorpresa. La pregunta es sencilla y brutal: ¿hasta dónde puede llegar un equipo que ya ha demostrado que ni las bombas ni 30 horas de viaje son capaces de frenarlo?