Logotipo completo Juego Final

Neymar se despide de Brasil entre lágrimas y récords

En el MetLife Stadium no solo cayó Brasil. Cayó también una era. Bajo las luces de Nueva Jersey, con un 2-1 ante Noruega que heló a todo un país, Neymar confirmó su retiro de la selección y dejó una de las imágenes más crudas de este Mundial: el 10, de rodillas sobre el césped, roto, mientras Erling Haaland celebraba el pase a cuartos.

Tenía 34 años, 130 partidos y el peso de cuatro ciclos mundialistas sobre la espalda. Se marchó con un gol más, pero con un Mundial menos.

Un adiós entre sollozos

El partido había sido una montaña rusa emocional. Noruega golpeó dos veces por medio de Haaland y empujó a la Seleção hacia su eliminación más temprana en una Copa del Mundo desde 1990. Brasil, nervioso, previsible, chocó una y otra vez contra un muro nórdico. El tiempo se escurría. El reloj ya estaba en el descuento cuando Casemiro forzó un penalti que abrió la última rendija de esperanza.

Neymar tomó el balón. Respiró. Miró al portero. Y convirtió. Con ese disparo se convirtió en el primer brasileño en alcanzar los 80 goles con la selección, coronando una carrera que ya lo tenía por encima de Pelé en la tabla histórica. Pero no hubo celebración. Apenas un gesto serio, un trote corto hacia el centro del campo y la urgencia de quien sabe que el reloj no perdona.

El pitido final cayó como una losa. Mientras los noruegos se abrazaban, Neymar se desplomó. Tardó en levantarse. Tardó más en hablar.

En la zona mixta, todavía con los ojos enrojecidos, dejó una frase que sonó a epitafio: “Lo intenté, lo intenté. Ahora se acabó. Empecé aquí; terminé aquí”. Sin matices. Sin puertas entreabiertas. La camiseta amarilla quedaba atrás.

Dieciséis años de luces… y una sombra

Con esa decisión se cierra un viaje de 16 años con la selección absoluta. Neymar se marcha con la Copa Confederaciones 2013, el oro olímpico de 2016 y una colección de noches inolvidables, pero sin la Copa del Mundo que lo persiguió como una obsesión.

Las cifras son demoledoras: 130 partidos, 80 goles, 59 asistencias. Ningún brasileño marcó tanto. Ninguno generó tanto debate en torno a su figura. Para una generación entera, el 10 fue el rostro de Brasil: el regate, la gambeta, el ídolo, el villano, el hombre señalado cada vez que el equipo se quedaba corto.

La derrota ante Noruega, sin embargo, no habla solo de él. Marca también el séptimo tropiezo consecutivo de Brasil en fases eliminatorias frente a rivales europeos. Un patrón que persiste, una herida que no cierra. El país de las cinco estrellas sigue sin encontrar el camino hacia la sexta, pese a haber depositado su fe en el talento de Neymar durante más de una década.

El grito de un padre

Mientras el 10 parece tener clara su renuncia a la selección, el futuro en los clubes se tiñe de incertidumbre. Las lesiones recurrentes ya habían puesto en duda su presencia en la lista final de Carlo Ancelotti para este Mundial. El desgaste físico y emocional es evidente. Y en medio de ese escenario apareció una voz conocida, pero esta vez pública, desesperada: la de su padre.

En un mensaje cargado de emoción, Neymar Senior lanzó una súplica que sonó a último intento por sostener la carrera de su hijo: “Quiero hacer un pedido como padre. Ney, sigue jugando al fútbol, por favor”. No habló de títulos, ni de dinero, ni de legado. Habló de familia, de identidad, de lo que el juego significa para ellos.

Ese ruego llega en un momento clave. El entorno del jugador ve cómo se estrecha el margen para seguir compitiendo en la élite. El padre, en cambio, se aferra a la idea de que aún queda fútbol en esas piernas, aunque el capítulo con Brasil esté cerrado.

Ancelotti, ante el vacío del 10

En la otra orilla de esta historia aparece Carlo Ancelotti. El técnico italiano, que acaba de extender su vínculo con la selección hasta 2030, se encuentra ahora ante la tarea más compleja de su mandato: reconstruir Brasil sin su faro creativo.

No se trata solo de reemplazar goles o asistencias. Se trata de ocupar un trono simbólico. El dorsal 10 de Brasil no es un número; es una herencia. De Pelé a Zico, de Romário a Rivaldo, de Ronaldinho a Neymar. Ahora el asiento queda vacío y el relevo no está tan claro.

La eliminación en Estados Unidos acelera un proceso que quizá el propio Ancelotti imaginaba más gradual. El equipo necesita un nuevo líder, una nueva figura capaz de soportar la presión que ha triturado a generaciones. La CBF, por su parte, siente la urgencia de romper un ciclo de frustraciones ante Europa y de devolver al país a la cima del mundo antes de 2030.

Un último acto por escribir

Neymar se marcha de la selección como un gigante estadístico y un campeón sin corona mundialista. Su último gesto con Brasil fue un penalti impecable, una firma elegante en un pergamino manchado por la decepción de la noche.

La pregunta ya no es qué más podía darle él a la selección. Esa etapa está cerrada por decisión propia. La incógnita es otra: ¿habrá todavía un último gran acto en su carrera de clubes, o el adiós al amarillo es también el principio del final?

Su padre cree que no. El mundo del fútbol, también. La pelota, como casi siempre con Neymar, tendrá la última palabra.