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El Mundial que lo tuvo todo: drama y goles inolvidables

Hubo goleadas, remontadas y marcadores de videojuego. Pero cuando se hable de este Mundial, un duelo volverá una y otra vez a la memoria: Paraguay 1-1 Germany, decidido en una tanda de penaltis que dinamitó uno de los grandes mitos del fútbol de selecciones. Germany no está hecha para perder desde los once metros. Esta vez, cayó de forma estruendosa. Un último-32 que pareció una final.

No fue el único encuentro que rozó lo surrealista. Algeria 3-3 Austria se movió en otra dimensión. Se esperaba un biscotto, un empate cómodo que clasificara a ambos y adormeciera al público. Durante buena parte de la segunda parte, el guion pareció cumplirse. Hasta que, en el descuento, el partido explotó: goles, nervios, un caos que desmintió cualquier sospecha de pacto. Fútbol extraño, casi onírico.

En el Azteca, el ruido se convirtió en protagonista. Mexico 2-3 England se cocinó desde el sorteo: el estadio más mítico del continente, la selección local, la visita de un gigante europeo. El resultado estuvo a la altura de la expectativa. Un choque tenso, abrasador, con England sobreviviendo a la mejor primera parte que Mexico podía ofrecer. Para la selección de Thomas Tuchel fue un punto álgido que resiste incluso al desenlace amargo de su torneo.

El torneo dejó partidos que parecían escritos por guionistas enloquecidos. France 4-6 England, casi una comedia negra a base de goles. Egypt 1-1 Iran en Seattle, con un tanto anulado para Iran en el descuento y dos balones a la madera en los últimos minutos, fue un ejercicio de crueldad: el empate no bastó para que una Iran invicta, permanentemente obstaculizada, avanzara.

Argentina también vivió en el filo. Argentina 3-2 Egypt fue un clásico instantáneo: la campeona vigente al borde del abismo, dos goles abajo, medio pensando en el vuelo de regreso. Hasta que apareció Lionel Messi. Inspiró una remontada furiosa, volteó el marcador en el tiempo reglamentario y salvó el trono a última hora. No sería la única vez que el equipo sudamericano coqueteó con el desastre.

La otra cara de la moneda llegó en el duelo que nadie quería jugar, ese partido sin contexto ni recompensa que se convierte en trámite incómodo. No hizo falta más descripción: “El partido que nadie quería jugar”. Sobran las palabras cuando el fútbol se siente castigo.

En el Azteca, Mexico 2-3 England se repitió en la memoria de quienes lo vivieron en directo y de quienes lo sufrieron por televisión. Un partido como beber cortisol a palo seco: imágenes poderosas, una tensión que no daba tregua y una atmósfera de cine puro.

El Mundial también abrió espacio para historias pequeñas que se hicieron gigantes. En Miami, Cape Verde 2-2 Uruguay fue una joya escondida. Actitud, disciplina, personalidad. Cape Verde jugó como si llevara décadas en la élite.

Argentina volvió a caminar sobre la cornisa frente a Egypt (3-2), con un arbitraje discutido que no logró opacar la intensidad del desenlace. Mexico v England, Argentina 3-2 Cape Verde, England 1-2 Argentina… cada cual con su propio tipo de drama. Para algunos, el Argentina 3-2 Cape Verde ni siquiera admite debate como mejor partido: Sidny Lopes Cabral, un nombre que se repetirá muchas veces, marcó allí su obra maestra. Para otros, la combinación perfecta fue la posibilidad de una sorpresa, la remontada guiada por Messi y la polémica arbitral de Argentina 3-2 Egypt. ¿Qué más se le puede pedir a un partido?

El dueño del centro del campo

En un torneo lleno de estrellas, un mediocentro se elevó por encima del resto. Rodri fue el jugador del campeonato. El corazón del mejor equipo, el metrónomo de una Spain que volvió al modelo de posesión y control. Dominó los partidos desde la serenidad, dictó ritmos, desactivó presiones. Capitán, líder, leyenda, en palabras de quienes lo siguieron de cerca.

Kylian Mbappé se llevó la Bota de Oro, impulsada por un tercer puesto desatado, y durante buena parte del torneo France pareció el conjunto más completo. Hasta que Spain lo derribó en semifinales. Jude Bellingham brilló como faro del equipo de Tuchel, acallando a quienes cuestionaron su convocatoria. Erling Haaland dejó su sello con un Mundial corto pero impactante: goles, cuartos de final históricos para Norway y un salto de popularidad enorme en el mercado norteamericano. Messi, como siempre, estuvo a una actuación decisiva más de volver a elevarse por encima de todos.

Hubo también historias laterales que se abrieron paso. Michael Olise, majestuoso aunque perdonador ante England. Dani Olmo, siempre incisivo. Y la irrupción de Pau Cubarsí, confirmando que Spain no solo tiene presente, sino futuro.

Pero el torneo también se rindió a un guardameta veterano sin club: Vozinha, portero de Cape Verde. A los 40 años, frustró a ataques de primer nivel, mantuvo a su selección en pie y se convirtió en símbolo de un cuento de hadas que no necesitó campaña de marketing. Un héroe improbable que, para muchos, fue el jugador del Mundial.

La portería dejó más gestas. Eloy Room, de Curaçao, firmó un récord de paradas en 90 minutos ante Ecuador y reclamó, entre risas, una estatua en su país. Y desde Dublin hasta Praia, el nombre de Roberto “Pico” Lopes se pronunció con orgullo: un defensa que se dejó el cuerpo por Cape Verde y que, quizá, se haya ganado un último gran contrato. O tal vez prefiera seguir siendo leyenda de Shamrock Rovers y de la selección de su padre.

Un gol para congelar el mundo

Hubo goles de todos los colores, pero uno quedó por encima del resto. Sidny Lopes Cabral, lateral reconvertido en extremo de Cape Verde, armó la pierna desde muy lejos ante Argentina y soltó un disparo que no parecía tener lógica. El balón voló, se curvó y terminó besando la red entre un Emi Martínez estirado y el palo lejano. Igualó el partido en la prórroga de una eliminatoria y detuvo el tiempo.

Su reacción fue casi tan memorable como el gol: manos a la cabeza, incredulidad pura, y luego la mirada buscando a su pareja en la grada para celebrar. Una postal que definió el torneo. Muchos lo consideran, sin matices, uno de los grandes tantos de la historia de la competición.

Ese golpeo se convirtió en obsesión. Algunos lo eximieron incluso de los análisis sobre la aerodinámica del balón Adidas Trionda y el llamado “drag crisis”. Ese disparo, dijeron, estaba por encima de cualquier teoría. Otros confesaron que jamás podrán reproducir el sonido que les salió del cuerpo al ver cómo el tiro completaba su curva hacia la escuadra.

El gol de Sidny dominó la conversación, pero no estuvo solo. Eldor Shomurodov, de Uzbekistan, firmó una vaselina instintiva y deliciosa ante la República Democrática del Congo, desde un ángulo endiablado. Julián Álvarez, discreto durante buena parte del torneo, soltó un latigazo lejano en la prórroga ante Switzerland, en Kansas City, que encendió un estadio convertido en caldera.

Kerim Alajbegovic, joven talento de Bosnia and Herzegovina, se abrió paso a trompicones entre defensas antes de clavar un disparo desequilibrado desde la frontal ante Qatar, justo el tipo de acción que dispara carreras. Johan Manzambi firmó una conducción y un pase previos al gol de Breel Embolo contra Algeria que fueron una delicia táctica y estética.

Desde lejos, Wilson Isidor dejó para la eternidad un derechazo con Haiti ante Morocco, quizá no el más decisivo del Mundial, pero sí uno de los más puros. Erling Haaland resumió su eficacia con su segundo tanto ante Brazil, ajustado al rincón desde fuera del área para sellar una de las grandes sorpresas del torneo. Y, en un rincón cruel de la historia, un cañonazo a la escuadra para Uzbekistan terminó anulado; un gol fantasma que algunos siguen recordando como si hubiera subido al marcador.

Hubo tantos más: el segundo de Harry Kane ante DRC, otro obús desatado; el zapatazo de Isidor que Haiti recordará para siempre. Pero el nombre que se repetirá en los vídeos y en las conversaciones, dentro de muchos años, será el mismo: Sidny Lopes Cabral.

Recuerdos que van más allá del césped

Un Mundial no son solo partidos. Son ciudades, anécdotas, viajes, conversaciones. También pequeñas escenas que nunca aparecen en los resúmenes.

En varios estadios, cuando el último pitido ya había vaciado las gradas, el césped se llenó de gente anónima: empleados de mantenimiento, voluntarios, personal de seguridad, trabajadores locales, miembros de la estructura de Fifa. Se lanzaron a jugar, a hacerse fotos, a correr por un campo que habían cuidado durante semanas. Una recompensa silenciosa para quienes sostienen el espectáculo desde las sombras.

El Azteca volvió a demostrar que su mito no es exagerado. Mexico-Ecuador fue un estruendo continuo, un ruido que no se parecía a nada. Las celebraciones se prolongaron hasta la madrugada y borraron cualquier opción de descanso. En Dallas, los goles récord de Messi ante Austria convirtieron los primeros partidos de Argentina en peregrinaciones masivas. En Monterrey, la vista desde el estadio se quedó grabada en la retina de quienes se asomaron a sus tribunas.

Hubo momentos de humor involuntario: periodistas senegaleses pasando un paquete de galletas durante el himno antes de la debacle contra Belgium; un ocho contra ocho con Danny Cipriani recordando sus días de entrenamiento en Tottenham junto a Harry Kane. En otra esquina del torneo, un periodista explicaba a un mariachi con sombrero gigante cómo podía clasificarse una selección que terminara tercera de grupo.

Las historias humanas siguieron apareciendo. La madre de Vozinha, contra todo pronóstico, viajó desde Cape Verde para ver a su hijo en el Mundial. En Foxborough, los jugadores de Scotland salieron a calentar con gaitas y “Scotland the Brave” de fondo, cerrando 28 años de espera mundialista antes de que el partido arruinara el cuento. En Kansas City, la base de England, el Mexico 2-3 England se vivió bajo una tormenta que retrasó el inicio, con Bellingham imperial y un estadio agotado al final de la noche.

No todo fue épica. También hubo inundaciones en Monterrey, esperas eternas de autobús con el agua a la rodilla y un iPad perdido dos veces en dos ciudades distintas. Hubo desayunos memorables, puentes improvisados con cajas de comida china, y directos en Manhattan que permitieron gritar, con toda la teatralidad del caso, un “HELLO NEW YORK!” que quedará en la memoria de quienes estaban allí.

En Canadá, el 6-0 de la selección local a Qatar en Vancouver se vivió como una declaración de intenciones. En Australia, el primer gol de Nestory Irankunda ante Turkey, con celebración a lo Tim Cahill, se sintió como relevo generacional. En Estados Unidos, la popularidad del fútbol se hizo visible en cada conversación casual, en cada desconocido que se acercaba a hablar del torneo.

Unos anfitriones bajo la lupa

El Mundial repartido entre Estados Unidos, Mexico y Canada dibujó un mapa gigantesco, casi inabarcable. El interés del público estadounidense sorprendió a muchos. La gente se enganchó, preguntó, se volcó. La infraestructura, no tanto: viajes interminables, estadios lejos de los centros urbanos, desplazamientos que desgastaron a todos. Más de uno pensó que la final habría lucido más en Mexico City o en un estadio céntrico como el de Atlanta.

En Estados Unidos, la calidez de la gente contrastó con las sombras políticas y con el intento de la administración de influir en el torneo con el caso Folarin Balogun, un episodio que dejó un olor difícil de ignorar. La selección local ofreció, pese a todo, uno de los fútboles más vistosos que se han visto en un combinado estadounidense, aunque acabó lamentando una oportunidad perdida ante Belgium y sigue necesitando una estructura de formación mejor y un seleccionador con un plan más claro.

Canada, por su parte, vivió su primer partido mundialista en casa en Toronto con una mezcla de orgullo y alivio: querían ser reconocidos como nación de fútbol, no solo de hockey. Mexico aportó una cultura futbolera febril, fascinante, que merecía no quedar a la sombra de sus coanfitriones. Sus partidos fueron una fiesta, sus calles, un recordatorio de lo que significa vivir el fútbol como religión.

Vancouver y Seattle, con estadios en pleno centro y tradición futbolera, abrazaron el torneo con naturalidad. Ciudades como Dallas o San Francisco lo alojaron más como una gran feria pasajera. En Florida, la falta de transporte público convirtió cada desplazamiento en una odisea. En Boston, el tráfico hizo el resto.

Al final, el torneo dejó una certeza: el Mundial ya no pertenece a un solo continente ni a una sola forma de entender el fútbol. Se estira, se fragmenta, se multiplica. Entre penaltis imposibles de Germany, disparos imposibles de Sidny Lopes Cabral y veteranos sin club convertidos en héroes, la pregunta ya no es qué dejó este Mundial.

La pregunta es qué podrá superarlo.

El Mundial que lo tuvo todo: drama y goles inolvidables