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Dele Alli: De promesa a agente libre en el fútbol

Antes de que la Premier League lo convirtiera en fenómeno global, Dele Alli ya era un problema serio para cualquiera que se cruzara con él en las categorías inferiores. No era la típica promesa que vive de highlights en YouTube. En la academia del MK Dons, un Alli adolescente dominaba partidos enteros con una mezcla de potencia y técnica que descolocaba incluso a los que compartían césped con él.

Jordan Buck, exdefensa que se lo encontró de frente en aquellos años, aún lo recuerda con una mezcla de asombro y resignación. Un cuerpo delgado, larguirucho, pero con una forma de moverse que desmentía cualquier prejuicio físico. “Era tan flaco, pero se deslizaba entre la gente”, recuerda. No era el extremo eléctrico que encara por fuera. Era otra cosa.

Alli bajaba hasta el área propia, pedía la pelota al portero y arrancaba. Cabeza alta, zancada larga, cambios de ritmo medidos. Buck lo compara con motores de élite de la Premier: Mousa Dembélé, Yaya Touré. No con regateadores de banda como Eden Hazard o Mohamed Salah. No era un futbolista de filigrana corta, sino de conducción devastadora. Recibía en su propia área, cruzaba el centro del campo, rompía líneas como si no existieran y, ya en el último tercio, encontraba el pase justo.

Ese tipo de talento, capaz de llevar el balón de área a área sin perder el control ni la claridad, hacía que su traspaso al Tottenham por unos 5 millones de libras en 2015 pareciera casi inevitable. Mientras otros nombres, como Ross Barkley, llegaban a los partidos de cantera rodeados de ruido, hype y etiquetas, Alli imponía silencio. Mandaba por pura presencia. Por inteligencia. Por la sensación de que el partido le pertenecía.

Buck admite que la primera vez ni siquiera sabía quién era aquel chico. Solo veía “a ese tipo alto y flaco” recogiendo el balón y atravesando el campo una y otra vez. “Era irreal. Destacaba por encima de todos”, confiesa. Lo compara con Yann Gueho: menos explosivo, menos caótico, menos show, pero con un impacto parecido. Mientras otros se escondían o se limitaban a cumplir, Alli asumía la responsabilidad de llevar el juego, de transportar la pelota de un área a otra. Buck se quedaba en shock. Y no era el único.

El ascenso posterior confirmó aquellas sensaciones. Llegaron las voleas imposibles, como la que firmó en Selhurst Park, las noches grandes en Wembley, los goles que hirieron al Real Madrid y lo colocaron en la conversación de la élite europea. Dele Alli era el símbolo de un Tottenham joven, agresivo, sin complejos. Parecía tenerlo todo: talento, carácter, escenario.

La historia, sin embargo, giró con una dureza que pocos vieron venir. Su etapa en el Everton se convirtió en un laberinto sin salida. La cesión al Besiktas no enderezó la trayectoria. Los minutos se hicieron escasos, las dudas crecieron, la confianza se evaporó. El jugador que antes se adueñaba del campo empezó a buscarse a sí mismo.

El último intento de resurrección llegó en Italia, de la mano de Cesc Fàbregas en el Como. Una apuesta atractiva sobre el papel: un técnico con sensibilidad para el talento y un entorno más tranquilo para reconstruirse. Pero la alianza duró poco. En septiembre, el club italiano decidió rescindir su contrato. De un plumazo, el chico que un día dominó Wembley se quedó sin equipo. Sin red.

Hoy, con 30 años, Dele Alli es un agente libre de alto perfil que busca destino y credibilidad. Ya no se le compara con los mejores centrocampistas de Europa, sino con la versión que fue de sí mismo. Su nombre sigue pesando, pero el mercado exige pruebas: estado físico, continuidad, compromiso. Los pretendientes miran con cautela. Él, obligado a convencer desde cero.

Buck sabe que el fútbol puede ser cruel con los que viven al límite del talento. Lo vio también en el QPR, donde compartió entrenamientos con otro genio indomable: Adel Taarabt. Si Alli era el metrónomo que atravesaba el campo con elegancia, el marroquí era el artista callejero que convertía cada sesión en un espectáculo.

“Era un monstruo. El mejor jugador que he visto de cerca”, cuenta Buck. Lo de Taarabt rozaba lo absurdo: caños por diversión, rivales desquiciados, la sensación de que no había defensa posible. Si te acercabas, te humillaba; si te alejabas, te fusilaba desde fuera. En el campamento, dice Buck, tenían su propio Ronaldinho, haciendo cosas “tipo Ronaldinho” como si el entrenamiento fuera una plaza pública y no un campo profesional.

Las trayectorias de Taarabt y Dele Alli, tan distintas y tan parecidas, dejan una misma pregunta flotando en el aire. ¿Qué hace que un talento “insano”, como lo describe Buck, se consolide en la cima o se pierda en el camino? En un fútbol que no espera a nadie, Alli encara ahora quizá su último gran partido: el de convencer a un club de que todavía queda algo de aquel chico flaco que se deslizaba desde su propia área y hacía que todo pareciera fácil.