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Antonin Kinsky: del fracaso en Madrid a héroe del Tottenham

Cuando Antonin Kinsky vio su número en el marcador en el minuto 17 ante el Atlético de Madrid, muchos pensaron que también veían el final de su carrera al máximo nivel. Dos errores groseros, dos goles encajados, 2-0 en contra en un Metropolitano en ebullición y el portero sustituido por Igor Tudor antes de que el partido hubiera empezado realmente. Humillación pública. Señalado a plena luz de la Champions League.

Peter Schmeichel, alguien que sabe lo que es vivir en el ojo del huracán bajo palos, fue tajante en la retransmisión de CBS Sports: ese cambio iba a ser “un momento que todo el mundo en el fútbol recordará cada vez que vea o escuche su nombre”. Una marca en la carrera de Kinsky, como la noche que persigue a Loris Karius desde la final de 2018 con el Liverpool. Aquella vez, la conmoción nunca se fue. El paralelismo parecía inevitable.

Tudor, sin embargo, se negó a enterrar a su portero. Insistió en que Kinsky volvería a jugar con el Tottenham, quizá incluso esta misma temporada. Ni siquiera los hinchas más optimistas se aferraban a esa idea con demasiada convicción. Pero el guardameta de 23 años decidió no dejar que otros escribieran su final.

El largo camino de regreso

El punto de giro empezó lejos del ruido europeo. Kinsky regresó al once el mes pasado, cuando la lesión de Guglielmo Vicario le abrió de nuevo la puerta ante el Sunderland. Desde entonces, había sido sólido, sobrio, con paradas de mérito y una salida de balón limpia, casi académica. La estirada a la falta en el descuento frente al Wolverhampton Wanderers, en el 1-0, fue un aviso de lo que podía ofrecer.

Pero no bastaba con “estar bien”. No después de Madrid. Para borrar una noche así de la memoria colectiva —y de la suya— hacía falta algo descomunal. Una actuación que cambiara el relato.

Llegó en el 1-1 del lunes ante el Leeds United. Y llegó por partida doble.

La primera parada que cambió el tono

El foco se quedó con su milagro en el descuento, pero la primera gran intervención de Kinsky en el partido dice mucho de su evolución. Durante meses, su punto débil estuvo claro: los centros laterales, las jugadas a balón parado, las dudas en el área. La derrota por 2-0 ante el Newcastle United en la Carabao Cup, con dos tantos encajados en balones colgados que debía haber dominado, quedó como prueba de cargo.

Por eso, cuando Brenden Aaronson puso un centro tenso al segundo palo en el minuto 21 y Joe Rodon —viejo conocido del Tottenham— cabeceó abajo, ajustado al poste izquierdo, el estadio contuvo la respiración. Era el tipo de acción que antes le generaba inseguridad.

Esta vez, no. Kinsky se lanzó rápido y bajo, llegó a la pelota, la rechazó con fuerza y, casi en el mismo gesto, la aseguró entre sus manos. Técnica, reflejos y determinación en una sola acción. Una parada de nivel mundial… y, aun así, solo la segunda mejor de su noche.

El vuelo que puede valer una temporada

El momento decisivo llegó en el minuto 98, cuando el Tottenham se jugaba algo más que un punto. Con el West Ham United respirándole en la nuca en la lucha por la permanencia, cada acción tiene peso de sentencia.

El balón cayó a Sean Longstaff dentro del área, a unos ocho metros de la portería. Un disparo potente, limpio, destinado a la red. Kinsky voló, rozó el balón lo justo y lo envió contra el larguero. El silencio inicial dio paso al rugido. El Tottenham seguía dos puntos por delante de su rival directo. Y seguía, sobre todo, gracias a su portero.

Matt Pyzdrowski, exguardameta profesional y analista especializado en porteros de The Athletic, desmenuza la jugada y pone el foco en algo que no se ve en la repetición a cámara lenta: la calma.

“Lo que más destacó fue la compostura y la disciplina en un momento de tanta presión”, explica. “Cuando el balón se juega a la espalda de la defensa, el instinto natural de muchos porteros es salir disparados para achicar. Él no. Se mantiene conectado al suelo con pasos cortos y controlados, se desliza hacia su primer palo y se alinea constantemente con el balón. Con Micky van de Ven recuperando por detrás, entiende que su responsabilidad no es precipitarse, sino permanecer equilibrado y listo para el disparo”.

La clave, según Pyzdrowski, está en la postura: “Su posición de espera es sobresaliente. Cuerpo neutro, pies a la anchura de los hombros, pecho ligeramente sobre las rodillas y manos a la altura de la cintura. Eso le permite tener las manos libres y reactivas. Crucialmente, esa colocación sitúa las manos en la zona ideal para proteger la mitad superior de la portería, dejando las piernas listas para sellar la parte baja, muy similar a lo que hacía David de Gea en su mejor época en el Manchester United”.

Si se hubiera agachado demasiado o abierto más la base, dice el analista, habría perdido la capacidad explosiva para llegar al disparo y habría bloqueado la trayectoria natural de sus manos hacia el balón. En cambio, su figura compacta y erguida acortó el recorrido y dejó que los reflejos hicieran el resto. “Lo increíble fue la velocidad con la que alineó las manos con el balón y la potencia que generó con la mano derecha hacia arriba para sacar ese disparo. No todos los porteros son capaces de producir algo así en ese instante”.

No, Kinsky no es “un portero más”

Lo que se intuía en sus pies —un juego con balón perfecto para el modelo de Roberto De Zerbi, una distribución limpia, valiente y precisa— empieza a ir acompañado de algo igual de valioso: una mentalidad de élite. Lo que destroza a muchos porteros, a él lo ha reforzado.

Nadie imaginaba que se levantaría tan rápido de Madrid. Nadie le veía, meses después, recibiendo el aplauso de su afición como uno de los futbolistas más fiables del equipo. Sin embargo, ahí estaba al final del partido ante el Leeds, de pie, respirando hondo, mirando a la grada. No como un superviviente, sino como un líder silencioso.

El otro lado de la moneda: Tel

El duelo dejó otra historia, más amarga, con Mathys Tel en el centro. El joven atacante firmó una definición magnífica, un disparo curvado que abrió el marcador para el Tottenham y parecía encaminar una noche tranquila. Pero el fútbol no concede tregua.

En su propia área, Tel decidió despejar un balón con una chilena tan espectacular como innecesaria. Falló. Penalti. Dominic Calvert-Lewin no perdonó desde los once metros. De héroe a señalado en cuestión de minutos.

De Zerbi, consciente de lo que puede suponer un error así para un futbolista joven, se apresuró a protegerle en la sala de prensa. Dijo que le daría “un gran abrazo y un gran beso” para ayudarle a reaccionar como lo ha hecho Kinsky. El mensaje es claro: en este Tottenham, los errores no tienen por qué ser sentencia.

Lo que viene

El empate deja al Tottenham dos puntos por encima del West Ham, que visita al Newcastle United el domingo con la permanencia en juego. Cada jornada se encoge. Cada intervención de Kinsky pesa más.

Su arco de redención ya tiene un capítulo central, el de Leeds. Pero a la afición del Tottenham no le importaría que el portero añadiera un par de páginas más en los partidos que quedan ante Chelsea y Everton. Porque ahora, cada mano que toque el larguero puede marcar la diferencia entre el hundimiento y la salvación. Y Kinsky, el portero que muchos dieron por perdido en Madrid, se ha convertido en el hombre que sostiene la temporada.